lunes, 9 de diciembre de 2019

Robert

Tronaba. El cielo parecía estar a punto de partirse en dos con cada una de las centellas que surcaban las nubes casi completamente opacadas por el bosque, bañado por el agua torrencial que caía del cielo. El viento provocado por la tormenta mecía de forma violenta las hojas de los mismos mientras los lentos pasos del cazador se enterraban en el terreno fangoso, dejando tras de sí una larga hilera de huellas que delataban su presencia. Igualmente, poco le importaba. Aquel hombre tenía un objetivo, una misión clara. Llevaba en su espalda el carcaj lleno de flechas empapadas de agua y en su mano derecha su fiel arco, preparado para dar muerte a la horrible bestia que había estado siguiendo durante semanas.

El rastro, aquella noche, le llevó a una casita alejada en mitad de la arboleda. La chimenea aún humeaba y la luz tenue de una lámpara de aceite se dejaba ver en una de las ventanas. Todo apuntaba a esa casa, debía de estar ahí dentro, pero el hiriente silencio le hacía pensar todo lo contrario. Silencio solo quebrado por otro relámpago que recortó la silueta de su sombra contra la fachada del acogedor hogar.

Con suma cautela, como le enseñaron desde pequeño, abrió la puerta. La madera hinchada por la humedad se volvió pesada y provocó que los goznes crujieran y chirriaran de forma aberrante, casi como el lamento de un alma en pena. Entonces, comprobó sin sorpresa y consternado el salón que recibía al invitado: todo estaba destrozado. Los pocos muebles que había decorando la estancia estaban derribados, astillados y arrancados. Una alfombra yacía raída, descolocada en un lado contra una pared. Trozos de tela roja y suave esparcidos al igual por el suelo junto a hileras de escalofriantes ríos de sangre. El cazador sacó una flecha del carcaj y la colocó sobre el arco, comenzando a tensar la cuerda poco a poco mientras caminaba con el máximo sigilo del que podía hacer gala. Ahora que estaba dentro de la casita, podía oír unos leves gemidos y gruñidos que provenían de la habitación desde la que se filtraba la suave luz del candil... y allí se dirigió.

Cruzar el umbral fue una de las tareas más difíciles de su vida, pues sabía que estaba a punto de presenciar una carnicería, pero no de qué nivel. Sus ojos se llenaron de agua en cuanto vio a aquel enorme monstruo, aquel lobo negro como la noche, agazapado sobre el cadáver de una niña cubierta con una capa roja destrozada. La pequeña estaba prácticamente abierta en canal mientras la criatura devoraba sus entrañas. Los gruñidos y gemidos que llegaban a oídos del cazador los emitía aquel lobo infernal, disfrutando y degustando las blandas carnes de la niña, cuyos ojos muertos estaban congelados en el tiempo en dirección al cazador.
-¿Red...?- masculló el cazador, en shock -Maldito seas... Maldita alimaña...- cargó la flecha y el quejido de la cuerda hizo que la bestia dejase de disfrutar de su comida para mirar al cazador, echándo sus orejas hacia atrás y mostrando los colmillos empapados en sangre con un rugido digno del mismo diablo -¡Te arrepentirás de haber matado a mi hija, lobo del demonio!- y la flecha voló, silbando, atravesando el espacio en cuestión de...
-Espera, espera- carraspeó un muchacho rubio mientras dejaba el vaso de refresco sobre la mesa -¿Caperucita roja es la hija del cazador?-
-¿No te parece alucinante?- sonrió su compañero, que leía el cuento en la pantalla de un ordenador portátil
-Poco inspirado diría yo- contestó una chica que los acompañaba
-¿Poco inspirado? Es un giro de guión-
-Pero qué giro más malo- bufó la chica de nuevo -A ver, si Caperucita es la hija del Cazador y el Cazador llevaba semanas buscando al lobo ¿A santo de qué manda a su hija sola por el bosque a llevarle comida a la abuelita? Además, si Caperucita es la hija, significa que la abuela o es su madre o es su suegra ¿Le da igual que el lobo se la haya comido? Porque ahí solo señalas a su hija-
-Pero se trata del impacto. Es su hija. Le importa más que su suegra o...-
-Yo que tú volvía a empezar- bostezó su amigo rubio.
-Joder...-
-Tío, no sé qué obsesión has cogido últimamente con escribir sobre lobos. Lo tuyo es la ciencia ficción-
-Me encanta la puñetera criptozoología, lo sabéis- los amigos suspiraron -Y estuve leyendo unos artículos sobre animales extraños y paranormales y adivinad qué- los miraba con ojos brillantes y entusiasmados -Se dice que han avistado a un hombre lobo en Francia, en La Mothe-Chandeniers. Me ha inspirado, ya sabéis. No me sale nada que no sea sobre lobos grandes y horripilantes-
-Será por avistamientos...- comentó aburrido el amigo.
-Pero este es reciente ¡Es increíble! Hay hasta una fotografía-
-Será fake- apuntó la chica mirando su móvil de forma distraida.
-Si lo es, está increiblemente bien hecha. Mirad- buscó en su teléfono personal y les mostró la fotografía a sus amigos. Los rostros de ambos cambiaron al contemplarla, pues realmente parecía ser un monstruo demasiado bien hecho -Si es falsa, está la hostia de bien hecha... ¡Eh!- una mano misteriosa le arrebató el teléfono al muchacho. Un hombre de mediana edad, barba espesa y pelo ralo contempló la fotografía con interés y a su vez, sumo cansancio -¿Qué haces? ¡Devuélveme el móvil!-
-¿Quién ha hecho esta fotografía?- preguntó Robert, el hombre, entregándole el móvil a su legítimo dueño.
-Es de mala educación escuchar conversaciones ajenas- dijo de mala gana el amigo rubio.
-La foto, por favor- insistió Robert.
-Díselo August, a ver si nos deja en paz- insistió el rubio.
-L-la gaceta Sans Feuilles, es francesa-
-Gracias, chico- Robert le dio una palmada en el hombro al muchacho y se dispuso a marchar.
-S-si usted es un entusiasta de lo paranormal o la criptozoología, puedo recomendarle webs y archivos- la puerta, de todas formas, se cerró tras la marcha de Robert.
-¿Estás loco, August?- se quejó el rubio -Tiene pinta de estar pirado ¿Y tú quieres hacerte su amigo?-
-Siempre mola tener colegas de investigación-
-A mí no me importaría que me investigase a fondo- sonrió la muchacha.
-Anna...- la miró el rubio, mientras su novia seguía con la mirada a Robert pasando junto a la ventana de la cafetería.

Más tarde, al llegar a su apartamento, Robert se dirigió hacia la habitación para sacar de debajo de la cama una vieja maleta donde comenzó a cargar los pocos enseres que tenía. Era un hombre que siempre vivía con lo justo, tanto para comer como para vestir. Todo el dinero que conseguía en distintos empleos desde hacía 5 años los empleaba en investigar y triangular avistamientos de criaturas extrañas, en especial relacionadas con lobos o bestias similares. También se había hecho un fondo reservado en una caja metálica que tenía por igual escondida bajo la cama, llena de dinero acumulado, para comprar armas de cacería. Ahora que había una posible pista en Francia, tendría que viajar hasta allí, hacerse con un buen arco y un buen puñado de flechas. Solo de pensarlo, le temblaban las manos. En poco tiempo, ese fajo de billetes sería de nuevo un arco preparado para lanzar una flecha mortífera contra uno de sus objetivos.

Para abaratar costes, Robert planeó viajar en autobús. Se informó para saber que serían unas 10 horas de viaje aproximadamente, quizá algo más. Eso le permitiría reflexionar y descansar sin preocupaciones durante ese tiempo. Pagó el viaje en la estación y se limitó a viajar en silencio, leyendo sobre Sans Feuilles, la gaceta en la que había salido dicha información. No sería difícil de encontrar y, supuso, tampoco sería difícil de concertar una entrevista con la persona a cargo o al menos con la que había escrito dicho artículo para poder confirmar la más mínima sospecha sobre el asunto. De paso, tampoco estaría mal que le dijeran dónde quedaba esas ruinas para poder ir a visitarlas él mismo. De todas formas, en el trayecto, lo único que podía hacer era dormir.

Finalmente, llegó a París. Robert bajó del autobús cargado con su enorme maleta a la espalda y con la misma crujiéndole por la incomodiad del transporte, que había sido de lo más barato que había encontrado. A plena luz del día como era, cerca del mediodía, lo que le quedaba era dirigirse a la revista. Preguntando por la dirección de la misma, supo encontrar a unos dos o tres paisanos que supieron indicarle qué autobús tomar o por qué calle debía dirigirse para, finalmente, encontrarla. Era un edificio "Made in France", no muy alto y con el tejado decorado con tres o cuatro chimeneas que, con el frío invernal, humeaban suavemente. El hombre suspiró a sabiendas de que por fin tras aquel extraño evento que cambió su vida para siempre, podía tener una pista, un hilo del que tirar. Con decisión, agarró el pomo de la puerta y abrió, derramándole el café encima a una chica que salía del interior.
-¡Joder, joder!-
-¡Lo siento!- se apresuró a decir Robert -Lo siento, estaba un poco distraido ¿Te quema? Puedo traerte...-
-¡Mis apuntes!- el café había caido encima del bolso de la chica, no tanto sobre ella. El líquido estaba destrozando un cuadernito lleno de marcadores de páginas.
-Vaya...- el hombre se llevó la mano a la nuca, rascándose -Supongo que no estaría de más que la puerta fuese de cristal- trató de quitar hierro al asunto.
-O que la gente aprendiera a no abrir las puertas como si fuese la policía tratando de sacar a un criminal atrincherado- se quejó ella.
-S-supongo que tiene razón. Lo siento-
-Si me disculpa...- la muchacha salió bufando, airada. Robert la miró marchar, con la colita con la que se recogía el cabello dando tumbos de un lado a otro. No empezaba bien el día, en absoluto...

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