martes, 10 de diciembre de 2019

Nora

Aquella situación no podía pintar más extraña e incómoda. Un par de veces, la muchacha se vio tentada de echar mano al teléfono y llamar a la policía. Al fin y al cabo, un extraño acababa de entrar en su casa por la ventana y sin permiso. Bastarían un par de palabras y una explicación sencilla de lo acontecido para que aquel hombre pasase una noche en el calabozo. Pero había algo que no la dejaba hacerlo, una conexión de la que habría deseado desprenderse en algún momento y que todavía no lo había conseguido. 
Tragó saliva, meditando las posibilidades. Miró a sus libros, desordenados, y después al hombre. No. Realmente tenía muy pocas opciones entre las que elegir. —Oye, mira. Me da igual quien fueses ¿De acuerdo? Ahora importa más bien poco —suspiró, cruzándose de brazos. —Incluso te recomiendo que dejes atrás la persona que fuiste una vez. Te hará bien, créeme. 
—¿Que niegue ser quien soy? Pero ¿De donde sacas esas conclusiones? —preguntó el hombre, ligeramente airado. Ésta vez fue él quien se cruzó de brazos, componiendo una mirada que retaba incluso al alma más débil. Sin embargo, cualquier tensión que se crease en el ambiente en aquel mismo instante, desapareció tras el sonido que profirieron unos golpes en la puerta de la entrada.
—Oh, no— dijo la chica, sabedora de la persona que se encontraba al otro lado.
—¿Señorita Allard? ¿Está usted bien? He oído unos golpes y un grito —anunció una voz anciana, que poco tardó en volver a aporrear la puerta con la poca fuerza que le quedase en el brazo. 
—Mierda, mierda.
—¿Señorita Allard? ¿Llamo a la policía? —insistió.
—¡No, no! ¡Un momento!— se apresuró la chica, componiendo la voz más tranquila que su cuerpo nervioso pudo proferir en aquel momento. —Tú, mantente callado— susurró al instante, señalando al hombre.
—¿Qué? ¿Por qué?— preguntó curioso en un tono de voz más alto de lo que Nora hubiese deseado.
—Hazme caso, maldita sea— terminó por decir, para acabar encaminándose hacia la puerta, la cual se encontraba tras el sofá y junto a una pila de libros mal construida. Abrirla fue complicado, puesto que se encontraba cerrada a cal y canto con numerosos tipos de cerradura que se resistieron a las manos temblorosas de la muchacha. Para cuando pudo abrir un poco la puerta, la mujer que la esperaba parecía más bien impaciente. —Señora Bisset ¿Qué puedo hacer por usted? —sonrió falsamente.
— Niña ¿Está todo bien? He oído golpes desde arriba— volvió a decir. 
—De maravilla, no se preocupe. Adiós —respondió con velocidad. Sin embargo, para su disgusto, la mujer no tardó en fijarse en el hombre con el que ahora Nora compartía estancia. Se había acercado lo suficiente a la escena como para que la anciana reparase en él a pesar de su poca visión.
—¿Y ese joven? 
—Es un amigo, señora Bisset. No se preocupe.
—De muy buen ver, si señor. Me alegro por ti querida.
—Se está confundiendo.
—Sí, sí. Ya me voy, ya me voy —se marcho sonriente la mujer, comenzando a subir los escalones que conducían a su casa de forma torpe. Nora cerró la puerta con lentitud y bochorno. El día estaba yendo de mal en peor.
—¿Esa era tu abuelita? —preguntó el Cazador curioso. Olvidaba que apenas entendía el francés. La chica volvió a suspirar.
—¿Quieres un té?

La tetera comenzó a emitir un pitido sonoro y anunciador. Las tazas ya estaban preparadas, de forma que la chica no tardó en verter el agua caliente y la mezcla de hiervas en sus respectivas bolsitas. Antes de regresar al salón, abrió un pequeño armario ubicado sobre la nevera y extrajo una pequeña caja de pastas, la cual incorporó a la bandeja que ya tenía previamente preparada. Si el té no solucionaba la situación, nada iba a hacerlo ya.
Cuando volvió, se encontró al Cazador, o a Robin, husmeando entre sus libros. En el corto periodo de tiempo en el que Nora se había ausentado para preparar el tentempié, el hombre había tomado un considerable número de libros. Los estaba ojeando con un interés preocupante, dado que cuando acaba con uno de ellos, lo dejaba en el sofá, en la mesita auxiliar e incluso sobre el suelo, sin ningún tipo de cuidado. —¿Podrías tener más cuidado, por favor? Me ha costado mucho esfuerzo conseguirlos —gruñó, dejando la bandeja con el té y las pastas sobre la mesita. Aquellas palabras, al menos, fueron suficientes para que el hombre tomase asiento en el sofá y se adjudicase una taza de té.
—En Reino Unido tomáis té a estas horas ¿No es así? —. El hombre pareció no entender la pregunta. —Has dicho que eres Robin ¿No?
—Claro que sí. Soy Robin, el Cazador y... bueno. Ya sabes qué más —se rascó la nuca visiblemente incómodo. —Lo que no es cierto es la mitad de todo lo que pone en esos... libros —señaló.
—Estas muy perdido ¿Verdad? —le preguntó, mirándole con lástima.
—¿Y tú no? Esto es una locura. No sabemos qué ha pasado exactamente, o al menos yo no lo sé. De repente un día abro los ojos y... todo lo que conocía ya no está —murmuró. Nora emitió un suspiro largo al observar aquella escena. No... echar a ese hombre era imposible. No iba a hacerlo de ninguna manera.
—¿Aún no sabes qué es lo que pasa? ¿No has... investigado nada? —preguntó en voz baja y con tranquilidad.
—¿Qué es lo que tengo que saber? Esto es un maleficio. Alguien, con algún tipo de magia oscura, nos ha llevado a otra parte. Es como nuestro mundo, pero sin serlo —explicó. 
—Te equivocas. Es nuestro mundo —esclareció. —Sólo que en otro momento muy adelantado al nuestro. Nosotros siempre hemos estado ahí —señaló con el dedo hacia la estantería, donde aguardaban decenas y decenas de libros. La mayoría, cuentos, leyendas y mitos. —Los personajes que aparecen ahí no son otros que nosotros mismos, desde la perspectiva de alguien que nos conoció una vez, o que oyó hablar de nosotros. Es el boca a boca de lo que quedó antes de que nos marchásemos —continuó.
—¿Estás hablando en serio?
—Desde que aparecí en París, en éste París, no he hecho otra cosa que investigar y estudiar. Esa es mi teoría y creo que es la más ajustada a mas realidad que vas a poder encontrar. 
—¿Y cómo ha podido ocurrir tal cosa?— preguntó con sumo interés, dejando la taza de té sobre la mesa —Hay que solucionarlo. No puedo vivir durante más tiempo en esta realidad. Yo no estoy hecho para esto. Lo entiendes ¿Verdad? —preguntó, clavando sus ojos en los de la chica. Ésta, abrió la boca para responder, pero se arrepintió antes de emitir sonido alguno. Había cosas que prefería callar de momento, cosas que no le convenía decir en absoluto. —Además, ¿Donde están los demás? Este mundo parece más grande de lo que lo recordaba. 
—No lo sé —respondió rápidamente.
—¿Aún no te has topado con nadie? Míranos, estamos aquí, tú y yo. Debe haber más gente como nosotros por ahí, tanto o más perdidas que nosotros mismos. A saber que ha sido de ellos— suspiró —Fue muy difícil para mí acostumbrarme a esto, así que no me quiero imaginar que ha podido ser del resto. ¿Cómo estarán llevando la situación? ¿Se habrán adaptado? Como digo, esto es demencial —terminó por decir, acariciándose los cabellos oscuros y peinándolos un poco hacia atrás. Sus patillas ya lucían algunas canas, así como su barba. Ahora que lo miraba con atención, Nora pudo comprender que apenas había cambiado después de tantos años. 
—Sí que eres Robin Hood ¿Eh? —sonrió. —Pensando siempre en los desfavorecidos.
—¿Eso se cuenta de mi? —sonrió con cierto orgullo. 
—Entre algunas otras cosas —asintió, poniéndose en pie justo antes de descalzarse. Llevaba todo el día vistiendo zapatos de tacón, de forma que los pies ya estaban resentidos. Sentir el contacto con el suelo a través de la tela de las medias fue un alivio. Comenzó a pasearse frente al sofá, junto a las estanterías de libros. Tenía que admitirlo: charlar no estaba siendo tan malo como lo había imaginado aquel medio día en la oficina. Lo cierto era que, hablar por fin con alguien que la comprendía, era reparador. Sin embargo, temía que la conversación llegase a más. Era una sensación extraña. Una mezcla entre el deseo de mantener el contacto con el pasado y el deseo de cortar los lazos con éste para siempre.
—Tú... Nora... ¿Te adaptase bien? 
—Oh, sí —comenzó a explicar. —Durante tres días analicé la situación hasta que pude mantener el control. Investigué como funcionaba ahora la sociedad y comencé a comportarme como ahora lo hacen las personas. Estudié, me formé y ahora trabajo en el periódico. Al parecer el proceso fue un poco extraño, puesto que una persona media tarda en formarse, desde la niñez, algo así como unos quince años... y yo lo hice todo en cinco y con buenos resultados —se enorgulleció. —Después alquilé este apartamento para mí sola, después de estar viviendo en un centro para jóvenes... y ahora me estoy planteando adoptar a una mascota, aunque estoy segura de que el casero no me lo va a permitir. Me he leído las normas de la comunidad. Son muy enrevesadas —informó.
—Vaya... —comentó Robin, impresionado. —Sí que te has labrado una identidad aquí. ¿Como lo has conseguido? A mi para casi todo me piden una identidad o yo que sé qué. No entiendo de qué va.
—Ah, claro. Yo contacté con una mafia, un grupo criminal, para obtener una identidad ficticia.
—¡¿Que qué?! —preguntó alterado, atragantándose con parte del té. —¿Pero como has hecho eso? Si algo he aprendido en estos años es que los criminales de este mundo son peores de lo que recordaba.
—Ya no soy la niña que conociste en el bosque, Cazador— comentó con seriedad. —Además, eso es una historia muy larga.
—Tienes razón, nos estamos desviando del asunto —recordó el hombre, sacando un paquete de tabaco del bolsillo de su pantalón y extrayendo de la cajetilla un cigarrillo, el cual se propuso encender sin previo aviso.
—¡Eh! ¡Aquí no se puede fumar! ¿Quieres que mis libros apesten a esa porquería? —le reprendió Nora, permitiendo que él mismo dejase el cigarrillo. No le apetecía nada acercar la mano a su rostro. —¿Como has podido engancharte a eso? Es muchísimo peor que la pipa de hiervas que recuerdas. Incluso provocan enfermedades serias, lo he estudiado.
—Pero... ¿Tú cuanto has estudiado?
—Mucho, me gusta hacerlo —le respondió sin más, un poco ofendida, cruzándose de brazos. El Cazador alzó los suyos en señal defensiva, guardando el cigarrillo en el bolsillo, resignado. —Ahora te agradecería que terminarás el té y que, cuando quieras salir, lo hagas por la puerta y no por la ventana.
—Está bien, está bien. No te molestaré más y me iré. Pero antes quiero que respondas a mis preguntas —insistió. —¿Por qué esa bestia es tan peligrosa? ¿Por qué huyes cuando hay que hablar de lo que ha ocurrido? Tenemos demasiadas cosas en común como para evitarnos —la interrogó.
—Yo no tengo nada de lo que hablar.
—Oh, me parece que sí, muchacha. Está claro que evades responder a mis preguntas. Lo que quiero, Nora, es hacer el bien. Si hay una bestia conviviendo con nosotros, la cazo. Y si hay una solución para esta situación, la busco.
—Ya te dije que no es buena idea ir a por esa bestia.
—¿Por qué?
—Porque yo la conozco ¿De acuerdo? —confesó. —Es cruel y despiadada. Ha hecho cosas horribles durante muchos años, cosas que no llegarías a imaginar. No le deseo a nadie, ni a mi peor enemigo, encontrarse con él. Si está encerrado en La Mothe-Chandeniers, es mejor para todos que siga quedándose allí.
—¿Y no ha causado ningún problema en todo este tiempo? —preguntó extrañado.
—Ha provocado... algunas desapariciones, o eso tengo entendido. Pero es listo, ha sabido elegir a su presa: animales y vagabundos.
—Razón de más para cazar a esa cosa.
—¡No! ¡Déjale en paz! Ya te he dicho que lo mejor para ti es que alejes de la persona que eres ahora, aquella persona que fuiste una vez. No sigas el camino que seguías antes, reinvéntate, adáptate. Dedícate a otra cosa. Vive esta oportunidad que la vida te ha presentado —perseveró Nora con cierto aire desesperado, sobre todo, porque el hombre se puso en pie. No podía dejarle marchar con esas ideas en la cabeza.
—No pienso dejar de ser quien soy. Voy a cazar a esa bestia y a averiguar como devolvernos a nuestro hogar, a nuestra realidad —alegó obstinado.
—No, no, no. —bufó. —Escúchame. No es buena idea ¿Vale? Quizá no lo sepas, pero el cambio que hemos tenido ha provocado consecuencias en nosotros, consecuencias que puede que sean irreparables —se acercó a él, manteniendo prudentemente las distancias.
—¿Nosotros? No puedes estar hablando sólo de mi... —sonrió con picardía. La había pillado.

Nora contuvo el aliento durante unos segundos, viendo como todas las barreras que construía frente a aquel hombre iban siendo derribadas una a una sin la mayor de las dificultades por su parte. Resignada, acudió al perchero tras la puerta principal. Echó la mano al bolso, aún sucio, y extrajo el cuaderno destrozado de su interior. Lo dejo sobre la mesa donde reposaban las tazas de té, cada vez más templadas. —Está bien. ¿Quieres respuestas claras? Aquí las tienes —señaló.
—Oye, siento lo del cuaderno, ya te lo dije.
—No es el cuaderno lo que me importa, sino lo que hay dentro —lo abrió, sentándose de nuevo en el sofá. Robin se acercó tanto que la chica se puso temerosa. —¿Ves esto? ¿Ves todos estos nombres? —señaló uno por uno. Cada página contenía un nombre, una dirección y una descripción. La mayoría de las letras estaban emborronadas y algunas páginas estaban rotas, pero había anotaciones aún legibles. —Son personas como nosotros, personas que aparecieron el mismo día, a la misma hora, en esta realidad como la llamas. Todas ellas en un lugar del mundo, todas en la ubicación exacta en la que antes habitaban, solo que en otro espacio-tiempo distinto —explicó. —No están todas, por supuesto. Sólo he encontrado a unas cuantas durante estos cinco años tras un exhaustivo trabajo de investigación. Ahora, gracias a mi puesto de periodista, estaba avanzando. Internet también es útil ¿Sabes? Sobre todo porque tengo acceso a noticias de apariciones de personas sin identificación, perdidas y con claros signos de desorientación, y con las redes sociales, puedo incluso averiguar cómo le va la vida a aquellos que se han adaptado mejor. Sin embargo, no he entablado conversación con ninguno de ellos. Ni si quiera he ido a buscarles. No quiero interferir en lo que podría ser una oportunidad para ellos.
—¿Oportunidad? ¿De qué hablas? ¿Y que es eso de las consecuencias del cambio? Yo estoy perfectamente.
—Puede que tú no, pero por lo que he podido averiguar, muchos de nosotros hemos tenido problemas... psicológicos. Se supone que no es raro, que un cambio tan importante deja secuelas. Pero en algunos ha sido...
—¿Qué secuelas tienes tú?
—Hafefobia —confesó, mirándole a los ojos.
—¿Hafequé?
—Hafefobia. Es un miedo irracional a entrar en contacto físico con alguien. No me gusta que me toquen y no soporto sentir el tacto de nadie. Me aterra —. Al decir aquello, el Cazador se apartó un poco de su lado. —Y Rapunzel... —al pronunciar ese nombre, a Nora le brillaron los ojos. —Quizá no sepas quien era. Era mi amiga, una princesa de lo que ahora conoces como Alemania. Pero... para ella el cambio ha sido un infierno. Dicen los médicos que puede que nunca llegue a ser quien era antes.
—¿Y no te parece esa razón de más para devolver las cosas al punto en el que estaban? —gruñó.
—¡Claro que no! ¡¿Y si las consecuencias son aún peores?! ¡¿Y si a todos nos acaba pasando lo que le ha ocurrido a ella?!
—¿Y si no? ¿Y si se arreglan? —preguntó el hombre con seguridad. Nora le apartó la mirada.
—Yo... yo no quiero volver. No pienso volver. ¿De acuerdo? No voy a ayudarte a perder lo que ahora tengo y a arriesgarme a que todo vaya a peor.
—Pues yo necesito volver.
—Pues entonces tú y yo no tenemos nada que ver —se cruzó de brazos, no sin antes apartar el cuaderno de la mesa. No iba a dejar que se lo llevase, si es que esa era su intención.
—Nos reunimos, después de tanto tiempo, dos personas con el mismo pasado y... ¿Vamos a perder la oportunidad de aliarnos? —preguntó incrédulo. Ella no respondió. —¿Y si consiguiera devolver a nuestro hogar sólo a quien quisiese hacerlo?
—No es posible.
—¿Por qué? — Nora se quedó sin palabras. La verdad es que no sabía responder a una pregunta tan difícil. —Piénsalo. Quizás es posible. Quizás podamos encontrar una solución que nos beneficie a los dos.
—Suena a mágico. Y aquí la magia ya no existe.
—Sin embargo, estamos aquí —sonrió. —¿Me ayudarías si eso fuese posible? —añadió, poniéndose nuevamente en pie.
—No pienso meterme en ningún problema. Mi vida va muy bien como para estropearla.
—Entonces, buscaré la forma de que cambies de opinión —terminó por decir, dejando la taza sobre la mesa y encaminándose hacia la puerta como un vendaval. Aquello no le dio buena espina a la chica.
—¿A donde vas?
—A resolver mis propios asuntos.
—Pero... ¿Si quiera tienes un sitio para dormir o algo? ¿Desde donde diantres has venido? —dijo, aproximándose a su posición.
—No te preocupes por eso. A más ver —se despidió, abriendo la puerta y cruzando el umbral. —Ah, por cierto, aquí me llamo Robert. La gente se reía cuando decía que le llamaba Robin Hood —bufó. —Y si tu nombre aquí es Nora ¿Como te llamas antes? Aquel día, en el bosque, nunca llegué a preguntártelo. Ya sabes... —comentó con apuro. Cada vez que hablaba de aquel día, parecía triste.

La chica se quedó callada. Nunca antes le había dicho su nombre real a nadie, no en aquella época. Hacía tanto que no lo usaba, que le resultaba extraña la idea de pronunciarlo. Temió que sus palabras le trajesen malos recuerdos. Pero, al fin y al cabo... un nombre solo es un nombre. —Bella. Me llamo Bella.



No hay comentarios:

Publicar un comentario