martes, 10 de diciembre de 2019

Robert


El hombre se quedó quieto como una estatua ante la huida desesperada de la muchacha, como si le fuese la vida en ello. Se hubiese mentido a sí mismo si hubiese dicho que aquella situación no le trajo viejos recuerdos del ayer, sobre todo de noches en las que apenas él se podía reconocer a sí mismo. De todas formas, aquella parálisis momentanea no le suponía ningún tipo de problema a Robert, dado que tenía más de un as bajo la manga para encontrar a personas con las que había tenido un ligero instante de cercanía. Debido a que había estado un breve instante hablando con la chica y que su particular perfume impregnaba el despacho, por no llamarlo habitáculo, sabía que podría seguirla sin ningún problema por mucho que corriese.

El hombre apareció por el vestíbulo con las manos en los bolsillos cuando ya hacía unos momentos que su anfitriona se había marchado, captando la mirada de sus compañeros trabajadores.
-¿Monsieur?- preguntó Louise -¿Señor?- Robert la miró a la segunda llamada -¿Bien, todo?-
-Oh, sí, bien- sonrió él de forma tensa dejando atrás el vestíbulo y saliendo al exterior. El rastro de la chica era como un hilo azul en mitad de un oleaje arenoso y marrón. Era fácil que la polución y el sinfín de aromas que inundaban la ciudad pudiera distraer los sentidos del cazador, pero si se afinaba un poco podía verla tan claro como a sus propias manos -Bueno... Vamos allá- carraspeó el hombre y se dispuso a caminar.

Giró esquinas, atravesó calles enteras a un paso rápido, esquivaba gente... Por lo general, Robert casi se sentía en un día más de su vida en el que nada especial estaba sucediendo, de no ser porque de hecho, era especial. Mientras deambulaba por la bella pero ajetreada París, no hacía más que darle vueltas al hecho de que por fin había encontrado a otra persona como él, a otro miembro del "otro mundo", del suyo, de su hogar. Tenía la esperanza ya no solo de que ella pudiera guiarle de forma rápida y certera hacia el lugar en el que habitaba la bestia, sino en que pudiera tener algún tipo de información o pudiera ofrecerle al menos algún tipo de ayuda en volver a casa. Añoraba Sherwood, añoraba el reino de Nottingham y añoraba a sus viejos compañeros de profesión... ¿Qué sería de ellos? Era una pregunta que trataba de ignorar diariamente. El simple hecho de recordarles, dolía. No porque hubiesen muerto, al menos que él supiera, sino por la sencilla razón de que tal y como él apareció en las buenas tierras de Alemania o al menos así le decían que se llamaba aquella tierra desde la que había ido a París, ellos podrían estar en cualquier rincón del ancho mundo. Mundo que, por lo que había estado comprobando, parecía mucho más grande de lo que era el suyo ¿Qué clase de magia había sido capaz de crear distorsión semejante? Profundizar en sus recuerdos le hacía sentir especialmente incómodo con esa ropa que vestía, le irritaba aún más si cabía el estruendo del claxon de los vehículos en la carretera y el apestoso hedor que despedían sus tubos de escape. La gente era extraña, no sabía distinguir a ricos de pobres a simple vista, salvo que fueran excesivamente pobres. Todos llevaban esos trastos llamados móviles con los que se pasaban las horas muertas perdidos en esa pantalla. Sí, aceptaba que era un maravilloso trasto que le había permitido encontrar la pista de la bestia y llegar a París donde había encontrado a su vieja conocida, pero no dejaba de ser una especie de mini tomo mágico que encantaba a las personas y las abducía para someterlos a su voluntad. De hecho, se preguntaba si Su Majestad tendría algo que ver en todo eso...

Por fortuna para Robert, de todas formas, el llegar al límite del hilo del aroma le sacó de su largo paseo de pensamientos retorcidos. Alzó la vista un poco para comprobar que estaba ante un edificio de apartamentos bastante acogedor, por no decir humilde y pequeño. No le cabía duda alguna de que la chica estaba ahí dentro, pues la mezcla de olor a su colonia y al café que le había derramado encima. De forma que se puso manos a la obra, pues aunque su entrada sería poco decorosa de la forma en la que estaba imaginando, sabía que por la puerta no sería bien recibido fácilmente.

Aprovechó un instante de silencio en las calles y de aparente soledad para aferrarse con toda su fuerza a la fachada y de un par de saltos a través de la misma, colarse por la venta. Hizo un poco de ruido al entrar, pero a fin de cuentas lo que esperaba era encontrarse con la chica, no ser un completo furtivo. Aún así, fue más torpe de lo que pensó. Le faltó poco para caer de vuelta a la calle, de la que seguramente no podría regresar a ningún lado si caía de cabeza. Al plantar los pies en el suelo, también, tropezó con una mesita cargada de libros que terminó desperramando por el suelo -Menudo desastre...- suspiró, agachándose para coger los libros que había tirado y devolverlos a su sitio.
-¡AH!- el grito de la chica le sobresaltó, de forma que el intento de recoger los libros fue en vano, pues se le cayeron de nuevo.
-¡Maldita sea, muchacha! Casi me da algo- se llevó una mano al pecho.
-P-pero... pero tú... ¿¡Qué haces en mi casa!?- estalló la joven, a la que afortunadamente no había pillado en una situación poco decorosa, ahora que Robert pensaba en ello.
-Bueno, supongo que como me enseñaron de pequeño, lucho por lograr mis objetivos- sonrió.
-Si allanar moradas ajenas es tu objetivo, a fe que lo has logrado- frunció el ceño la chica -Vete, ahora mismo. Sal de mi casa- ordenó.
-Tienes una buena colección de libros ¿eh?- la ignoró Robert, ojeando la cantidad de libros que tenía repartidos en distintas estanterías. Quizá estaba midiendo mal la embergadura de la casa, pero juraría que tenía más libros que cualquier otra cosa en su hogar. La chica no daba crédito al descaro de su invitado no-invitado -Oh, vamos... No me jodas- cogió uno de ellos, uno no muy grande y con pinta de tener bastante antigüedad -Robin Hood...- sonrió para pasar a carcajearse y enseñarle el libro -Estás de coña ¿A que sí?-
-Vete de una vez, no me obligues a llamar a...- amenazó.
-¿De dónde ha salido esto?- dijo, leyendo una página -¿Quién ha escrito todo esto?- quiso saber, con su voz tornándose poco a poco más y más impaciente, alterándose. La chica podía suponer que ese hombre estaba poco enterado de las cosas del mundo en el que habitaban desde hacía varios años -¿Has sido tú, no? No, tú no estabas cuando esto sucedió... y tampoco fue exactamente así ¿Alguno de los nuestros está escribiendo crónicas de años pasados?- al estar tan interesado en el libro, la joven arqueó una ceja.
-¿Y qué sabes tú de lo que ocurrió en Nottingham? Solo eres un cazador-
-Fui un cazador, fui un ladrón y un superviviente. Esto, jovencita, es un intento sencillo de explicar parte de mi vida- agitó el libro -Bastante parco en detalles, debo decir...-
-¿Tú... eres él?- señaló -¿Tú eres...?-
-Robin Hood- asintió él -Para servirte- sonrió -Siempre y cuando tú me eches una mano con eso de lo que hablábamos antes- soltó el libro de nuevo en la estantería, de donde lo cogió -Así que... Bueno...- suspiró -¿Y si seguimos la conversación por donde la habíamos dejado?- se sentó en el sofá como si el salón fuera suyo, completamente despreocupado, mientras ignoraba que ella le había repetido varias veces que se fuera de su casa. Aquella situación no iba a ser fácil de manejar para la muchacha...

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