Nora
Las horas de lo que quedó de día pasaron muy lentas. Nora no recordaba haber estado más inquieta y nerviosa desde que apareció en París que aquella vez. El encontronazo con Robert, el Cazador al que recordaba de su pasado, el Robin que pertenecía a su anterior mundo, había dejado huella en la chica. De alguna manera, siempre había sospechado que encontrar a alguien con sus mismas características acabaría ocurriendo, y que el hecho de que se le propondría solucionar las cosas vendría de la mano. Pero no estaba preparada. Se había acostumbrado demasiado a su nueva vida, a su nueva persona. Pensar en desprenderse de ello y volver a ser la que era, en las mismas condiciones, la asustaba. Quizá por ello no fue sorpresa que aquella noche tuviese pesadillas en las que volvía a palacio, a la misma habitación oscura y sucia, a sentir el mismo frío en la piel y el mismo hedor en la nariz.
Tampoco pudo trabajar al día siguiente con la misma productividad que siempre. Su cabeza se encontraba perdida en recuerdos, ideas extrañas y posibilidades de futuro que le desagradaban, lo suficiente como para que la columna del periódico que tenía que terminar, quedase por la mitad. Se vio así misma, pequeña, en aquel cuchitril que tenía por despacho, preguntándose si estaba actuando de la forma correcta.
Al volver a casa, no sintió ganas de hacer nada. Se echó sobre el sofá durante un rato, memorizando todas y cada una de las anotaciones de su cuaderno por si, algún día, acababa más destrozado. Después, de dio un baño y por último cenó algo ligero mientras echaba un vistazo a su estantería. Lo lógico hubiese sido poner la televisión hasta quedarse dormida, pero los libros seguían siendo más divertidos para ella que esa caja llena de reproducciones. Pero, en concordancia con su ánimo, no sintió deseos de leer nada. Acabó metiéndose en la cama más pronto de lo normal, deseosa de no sufrir ninguna pesadilla más.
Sin embargo, sus sueños se vieron repentinamente interrumpidos.
En mitad de la noche, Nora se sobresaltó ante un ruido estruendoso proveniente del salón. Dio un brinco sobre la cama y rápidamente echó mano al cajón de la mesita de noche. Por razones de seguridad propia, desde que había alquilado la vivienda, guardaba un cuchillo en la misma, por lo que pudiese llegar a ocurrir. Tragando saliva, salió de la cama con el arma entre las manos temblorosas. Se quedó quieta durante unos segundos en el marco de la puerta, de forma que cuando avanzó por el pequeño y corto pasillo lo hizo rápido, dispuesta a coger por sorpresa a quien fuese que había entrado en su hogar. Así, dio un brinco hasta el salón con el cuchillo sobre la cabeza, moviendo los ojos rápidamente para que nada que perteneciese a la escena que iba a presenciar, escapase de su control. Y allí lo vio: una figura doblada sobre el suelo, cabizbaja, que había entrado sin lugar a dudas por la ventana, dado que el cristal se encontraba abierto y las cortinas se mecían con el arrullo de la brisa nocturna hacia el interior. Pero esa forma de entrar... le resultaba demasiado familiar. —¿Robert?— se atrevió a preguntar, aún con el arma en alto. La figura oscura alzó la mano en señal de indefensión como respuesta. Nora caminó un par de pasos hasta alcanzar el interruptor de la luz. Cuando el brillo de la bombilla arrojó claridad a la situación, la chica sintió ganas de llevarse las manos a la cabeza. El Cazador estaba magullado. No, más que magullado. Sus ropas estaban algo rotas y sucias, llenas de manchas de sangre. Las porciones de piel que dejaba entrever lucían en colores morados y oscuros. Y por la posición casi fetal en el suelo, no hizo falta pensar mucho más para sacar conclusiones. —Oh, no— murmuró. —¿Has ido?— preguntó. —¡¿Se ta ha ocurrido ir?!
—Yo... Hubiese podido acabar con esa cosa de no ser por...
—No es verdad. No me lo puedo creer— continuó, incrédula. —¡¿Por qué habrías ido en búsqueda de una bestia peligrosa incluso cuando te lo advertí?! ¡¿Por qué razón habrías contrariado la petición que te hice?! ¡Incluso después de abrirte las puertas de mi casa y resolver tus dudas! Dime que no es verdad lo que estás intentando decir —le señaló con el dedo. Cuanto más hablaba, más le hervía la sangre. Los ojos se le enrojecieron y los puños se le tensaron de pura ansiendad.
— Mira, no se qué paso— bufó él. Con algo de esfuerzo, acabó incorporándose aún en el suelo. Quedó sentado sobre el mismo y dejó caer la espalda sobre el sofá. Su aspecto era el de un hombre cansado y dolorido. Y no era para menos. Las manchas de sangre se duplicaban ante los ojos de Nora cuanto más le observaba. —Tenías razón, es un tipo duro — sonrió con sorna. —Pero te juro que ha sido un fallo tonto. Ya no tendrías nada que ver con la bestia si yo...
—¡Vete de mi casa!— gritó la chica. Robert se quedó mirándola, extrañado. A pesar de no conocerla de nada, la falta de solidaridad de una igual a él debió de parecerle fría y deshumanizada. —¡No tienes ni idea de lo que has hecho! ¡Ni idea!
—Nora... quiero decir, Bella, escucha. Yo no...
—Venga, fuera —insistió señalando a la puerta. El Cazador acabó haciendo un esfuerzo sobre humano para ponerse en pie. Recogió su mochila del suelo, de la cual sobresalían lo que parecían ser flechas. Sin más palabras, se dirigió hacia la puerta y la cerró tras marcharse.
Nora contó hasta diez. Se propuso hacerlo de forma lenta y tranquila, intentando alejar de su mente la imagen que acababa de ver. Justo antes de marcharse, Robert le había dado la espalda. Tenía la camisa rota y una gran herida aun supurante y sucia. No imaginaba como podía estar de pie con semejante lesión, ni mucho menos como pasaría aquella noche en París así.
Haciendo de tripas corazón, acabó abriendo la puerta y bajando las escaleras a toda prisa. Le encontró cerca del portal, quieto, de seguro, por haberla escuchado acercarse a sus espaldas. —Sube. En silencio.
Volver a entrar en la casa pesó más que nunca. Cerró nuevamente la puerta, asegurándose de que todos los candados y cerrojos cumplían su función. Ahora la necesitaría más que nunca. —Échate en el sofá. Te traeré algo —aseguró. En una cajonera pequeña del aseo guardaba un botiquín con cosas útiles y básicas, como tiritas, vendas, desinfectante y unas tijeras; además de algunos blisters de pastillas. Incapaz de saber qué le vendría bien a Robert en aquella situación, acabó cogiéndolo todo y dejándolo en la mesa del salón. El hombre ya se había tomado la libertad de quitarse el abrigo y de examinarse algunas heridas.
—Si tanto te he molestado, no deberías haberme pedido que vuelva a entrar. No he venido hasta aquí a molestar a nadie— aseguró.
—No soy tan cruel —le miró desde su posición. — Y si es por molestar, llevas haciéndolo desde que apareciste en la oficina. Estás poniéndolo todo patas arribas.
—Lo siento ¿Vale? No sabía que podía llegar a molestarte tanto el hecho de quitar a esa bestia de en medio. Mi única intención era que recapacitaras, demostrarte que soy capaz de resolver esta situación y que todos podemos seguir ganando —explicó.
—¡¿Y por qué no entiendes que esto ha sido lo peor que has podido hacer por mi?!—le tembló la voz a la chica.
—Necesitas que él deje de fastifiarte ¿No?
—No exactamente. Y es complicado. Nada que debas entender dada tu posición, después de todo.
—Pues es lo único que me ha quedado claro. Que tú no quieres tener nada que ver con él, pero él contigo sí —aquellas palabras se sintieron como un vaso de agua helada sobre la mujer. Durante unos segundos, se quedó sin palabras.
—¿Que...has dicho? ¿Como sabes eso?
—Me preguntó por una chica. Me estuvo oliendo, olfateando. Yo que sé. Pero parecía muy nervioso por saber quien eras tú. Porque eres tú a quien se refería... ¿Verdad?—. Nora, por un instante, colapsó. Se llevó las manos a la frente mientras comenzó a caminar en círculos, para acabar sentándose sobre el suelo, de espaldas a las estanterías. —¿Nora?
—No... definitivamente... no sabes lo que has hecho —murmuró anonada. De sus ojos brotaron dos lágrimas, cristalinas y finas, las cuales desaparecieron después de que ocultase el rostro entre las mangas de su camisón.
—¿Qué?
—Ahora estoy en peligro. Ya no... ya no puedo estar aquí— aseguró, volviendo a ponerse en pie. Tenía la mirada perdida y estaba más nerviosa de lo normal. En su cabeza, una lista de cosas imprescindibles que debía coger antes de irse fue dibujándose, mientras que a ojos del Cazador, aquello sólo era un problema que parecía agravarse por momentos.
—¿De qué hablas?
—¡Vendrá a por mi! ¡Seguirá tu rastro! ¡Podrá saber donde estoy y entonces...!
—¡Eh, eh! ¡Cálmate! —sugirió Robert, haciendo otro enorme esfuerzo por acercarse a ella. —Esa bestia no te va a hacer nada. Está encerrada ahí. No puede salir estando las cosas tal y como están ¿No?
—¡¿Y tu que sabes?! ¡No sabes como es él!
—Pero los dos tenemos algo en común. Y créeme, yo no podría salir de allí—aseguró en tono apaciguador. La mujer intentó calmarse, recreándose en esas palabras, intentando pensar que podría ser cierto. Sin embargo, esos segundos alcanzando la tranquilidad se vieron esfumados cuando Robert extendió el brazo hacia a ella. No supo que intentaba. Quizá reconfortarla con un abrazo, con un roce o dos toques en la espalda, pero fuera lo que fuese, Nora sintió pánico. Se echó hacia atrás con violencia antes de que llegase a alcanzara, de forma que el hombre recordó su condición. Apartó la mano como un rayo. —Es cierto, es cierto. Lo olvidaba. Discúlpame—pidió justo antes de volver al sofá, dolorido y cansado. —De verdad que yo no sabía que... ¿Te busca ese tío?
—Déjalo ¿Quieres?
—De acuerdo, de acuerdo —suspiró. —¿Hay algo que pueda hacer por ti para compensarte?
—Simplemente déjalo estar. Ya no... ya no podemos hacer nada—susurró, tomando aire profundamente. Calmarse estaba siendo toda una odisea, pero si pensaba con racionalidad ¿Qué más podía hacer? Ya estaba hecho. Ahora sólo le quedaba protegerse, comprobar que las cosas seguían bien y si no... prepararse para huir. —Ahí tienes vendas, desinfectante y medicinas. ¿Sabes usar pastillas? ¿Las has tomado antes?
—Ni te imaginas cuantas.
—Bueno, pues apañatelas. Yo no puedo ayudarte, pero al menos te aliviarán el dolor.
—Te lo agradezco —. Robert se descamisó como pudo. Tomó de forma torpe las vendas y el bote de desinfectante, el cual comenzó a verter sobre las heridas del brazo sin cálculos. Definitivamente, no sabía curar sus propias lesiones.
—¿Tienes un sitio al que ir? ¿Lugar para dormir? ¿Comida, al menos? —preguntó la chica de brazos cruzados.
—Nada de eso. Tengo dinero para viajar, no para hospedarme —confesó. Nora bufó. ¿Estaba hablando en serio? Pero ¿En qué pensaba ese hombre? Parecía carecer de razón para todo lo que a su vida rodeaba.
—Puedes quedarte aquí esta noche, si quieres. Vivo sola, así que no molestarás a nadie más. Lo que no tengo es ropa que darte y una cama que cederte. Tendrás que dormir en el sofá —le ofreció.
—Es suficiente, de verdad. Ni te imaginas en los lugares en los que he estado durmiendo antes de llegar hasta aquí.
—No lo quiero saber —se apresuró a decir. —Tengo que trabajar mañana. Si me quedo más tiempo despierta no habrá forma de que termine las tareas pendientes. ¿Necesitas algo antes de que me vaya? ¿Mantas? ¿Alguna otra pastilla? Hay comida en el frigorífico, aunque poca cosa.
—Está todo bien —. Nora se negó a hablar más. No le apetecía intercambiar más palabras con él. Temía que la ira volviese a apoderarse de ella y acabase echándole de nuevo de su casa, cosa de la que, realmente, no le faltaban ganas. —Muchas gracias, de verdad —. La mujer se volvió para mirarle una última vez antes de regresar a su habitación. Las múltiples heridas de su cuerpo relataban una escena de dolor y violencia extrema.
—¿Como conseguiste salir vivo? —preguntó por última vez.
—Yo solo... escapé.
Cuando volvió a la cama, estaba demasiado desvelada como para poder dormir. El simple hecho de tener a un desconocido en casa ya era razón suficiente como para no pegar ojo, pero tener el convencimiento de que esa bestia era la bestia que conocía y que se acordaba de ella, que la estaba buscando... En silencio, lloró sobre la almohada. No quería culpar a Robert, no quería dejar caer sobre él toda la furia que tenía y hacerle pagar por lo que había hecho cuando las intenciones no habían sido malas. Ella no era así. Pero era un hecho. Acababa de destrozar su nueva vida.
—No... definitivamente... no sabes lo que has hecho —murmuró anonada. De sus ojos brotaron dos lágrimas, cristalinas y finas, las cuales desaparecieron después de que ocultase el rostro entre las mangas de su camisón.
—¿Qué?
—Ahora estoy en peligro. Ya no... ya no puedo estar aquí— aseguró, volviendo a ponerse en pie. Tenía la mirada perdida y estaba más nerviosa de lo normal. En su cabeza, una lista de cosas imprescindibles que debía coger antes de irse fue dibujándose, mientras que a ojos del Cazador, aquello sólo era un problema que parecía agravarse por momentos.
—¿De qué hablas?
—¡Vendrá a por mi! ¡Seguirá tu rastro! ¡Podrá saber donde estoy y entonces...!
—¡Eh, eh! ¡Cálmate! —sugirió Robert, haciendo otro enorme esfuerzo por acercarse a ella. —Esa bestia no te va a hacer nada. Está encerrada ahí. No puede salir estando las cosas tal y como están ¿No?
—¡¿Y tu que sabes?! ¡No sabes como es él!
—Pero los dos tenemos algo en común. Y créeme, yo no podría salir de allí—aseguró en tono apaciguador. La mujer intentó calmarse, recreándose en esas palabras, intentando pensar que podría ser cierto. Sin embargo, esos segundos alcanzando la tranquilidad se vieron esfumados cuando Robert extendió el brazo hacia a ella. No supo que intentaba. Quizá reconfortarla con un abrazo, con un roce o dos toques en la espalda, pero fuera lo que fuese, Nora sintió pánico. Se echó hacia atrás con violencia antes de que llegase a alcanzara, de forma que el hombre recordó su condición. Apartó la mano como un rayo. —Es cierto, es cierto. Lo olvidaba. Discúlpame—pidió justo antes de volver al sofá, dolorido y cansado. —De verdad que yo no sabía que... ¿Te busca ese tío?
—Déjalo ¿Quieres?
—De acuerdo, de acuerdo —suspiró. —¿Hay algo que pueda hacer por ti para compensarte?
—Simplemente déjalo estar. Ya no... ya no podemos hacer nada—susurró, tomando aire profundamente. Calmarse estaba siendo toda una odisea, pero si pensaba con racionalidad ¿Qué más podía hacer? Ya estaba hecho. Ahora sólo le quedaba protegerse, comprobar que las cosas seguían bien y si no... prepararse para huir. —Ahí tienes vendas, desinfectante y medicinas. ¿Sabes usar pastillas? ¿Las has tomado antes?
—Ni te imaginas cuantas.
—Bueno, pues apañatelas. Yo no puedo ayudarte, pero al menos te aliviarán el dolor.
—Te lo agradezco —. Robert se descamisó como pudo. Tomó de forma torpe las vendas y el bote de desinfectante, el cual comenzó a verter sobre las heridas del brazo sin cálculos. Definitivamente, no sabía curar sus propias lesiones.
—¿Tienes un sitio al que ir? ¿Lugar para dormir? ¿Comida, al menos? —preguntó la chica de brazos cruzados.
—Nada de eso. Tengo dinero para viajar, no para hospedarme —confesó. Nora bufó. ¿Estaba hablando en serio? Pero ¿En qué pensaba ese hombre? Parecía carecer de razón para todo lo que a su vida rodeaba.
—Puedes quedarte aquí esta noche, si quieres. Vivo sola, así que no molestarás a nadie más. Lo que no tengo es ropa que darte y una cama que cederte. Tendrás que dormir en el sofá —le ofreció.
—Es suficiente, de verdad. Ni te imaginas en los lugares en los que he estado durmiendo antes de llegar hasta aquí.
—No lo quiero saber —se apresuró a decir. —Tengo que trabajar mañana. Si me quedo más tiempo despierta no habrá forma de que termine las tareas pendientes. ¿Necesitas algo antes de que me vaya? ¿Mantas? ¿Alguna otra pastilla? Hay comida en el frigorífico, aunque poca cosa.
—Está todo bien —. Nora se negó a hablar más. No le apetecía intercambiar más palabras con él. Temía que la ira volviese a apoderarse de ella y acabase echándole de nuevo de su casa, cosa de la que, realmente, no le faltaban ganas. —Muchas gracias, de verdad —. La mujer se volvió para mirarle una última vez antes de regresar a su habitación. Las múltiples heridas de su cuerpo relataban una escena de dolor y violencia extrema.
—¿Como conseguiste salir vivo? —preguntó por última vez.
—Yo solo... escapé.
Cuando volvió a la cama, estaba demasiado desvelada como para poder dormir. El simple hecho de tener a un desconocido en casa ya era razón suficiente como para no pegar ojo, pero tener el convencimiento de que esa bestia era la bestia que conocía y que se acordaba de ella, que la estaba buscando... En silencio, lloró sobre la almohada. No quería culpar a Robert, no quería dejar caer sobre él toda la furia que tenía y hacerle pagar por lo que había hecho cuando las intenciones no habían sido malas. Ella no era así. Pero era un hecho. Acababa de destrozar su nueva vida.