lunes, 9 de diciembre de 2019

Nora

Cruzó la calle airada. Por lo general, su carácter era calmado y tranquilo. En la oficina, sus compañeros de trabajo la reconocían como una mujer tan pasiva y callada, que jamás imaginaban que fuese capaz de dar ningún tipo de problema. Sin embargo, aquel día, sintió ganas de gritar. Hubiese deseado que el café se hubiese derramado en su ropa, e incluso haberla lucido durante todo el día con una enorme mancha oscura de la que manaba un olor dulzón, antes de que hubiese caído por completo sobre su bolso.

Se sentó en el banco de un parque cercano que solía frecuentar en días poco lluviosos y soleados para descansar un poco y comer algo. En vez de sacar la fiambrera en la que había guardado un sándwich vegetal aquella misma mañana, extrajo el cuaderno oscuro que, como sospechaba, se había llevado la peor parte. Lo tomó con dos dedos, y al alzarlo, varias gotas oscuras se desprendieron hasta llegar al suelo. Aquellas gotas de café, bien podrían haber sido lágrimas de frustración. — No, no, no... —se quejó, teniendo que separar las páginas, que unidas entre ellas, ahora empezaban a descomponerse con pocos roces. —Me ha costado cinco años. No puede ser— gimoteó, echando un vistazo concienciado a todas las anotaciones que había en las ahora oscurecidas páginas. La tinta, en alguna de ellas, se extendió tanto que las palabras pasaban a ser borrones. —Maldita sea— terminó por decir. Frustrada, acabó guardando el cuaderno en el bolso y suspiró. Había perdido el apetito.

El día a día en París era bastante ajetreado. Tenía que tener en cuenta muchísimas cosas, casi todas relativas a horarios de transporte, agenda y normas sociales. El trabajo en el periódico no era una excepción. Se había ganado el puesto con un golpe de suerte, le habían dicho. Nadie, nunca, había conseguido una silla en redacción sin mostrar antes una carta de recomendación de algún puesto similar anterior. Ella no tenía ninguno. Al contrario, acababa de terminar sus estudios cuando el redactor jefe de Sant Feuilles no la quiso dejar marchar. Por ello, y por puro instinto de supervivencia, necesitaba mantener el trabajo durante todo el tiempo posible. Demorarse mucho en el descanso, aunque fuese lamentándose por un cuaderno empapado, podría suponer un despido poco deseado, de forma que no le quedó otra que volver a cruzar la calle y regresar a su puesto.

Para su sorpresa, al abrir la puerta y echar la mirada a su derecha, pudo observar que el hombre que había tropezado con ella al entrar estaba allí, esperado. Se había sentado en un pequeño sillón y ojeaba anteriores publicaciones de antiguos journaux. Ya le había parecido, cuando se disculpó con ella, que no hablaba el idioma bien. 
—Nora, ¿Te importaría venir un segundo? S'il vous plait — Louise, la recepcionista, captó su atención. Parecía nerviosa y preocupada aun estado detrás de su mesa, circular, ancha y enorme, llena de flores y fotografías artísticas. Cuando la chica se acercó, comprobó que su compañera no dejaba de mirar al hombre que aguardaba a sus espaldas. —Ese caballero viene buscando información —.
—¿Quien es?— preguntó Nora, extrañada. Las pintas del hombre no le hacían ver como alguien del gremio, y menos aún alguien profesional. Echándole un vistazo de reojo, comprobó que vestía ropas algo gastadas y que su peinado estaba descuidado. Cuando él la miró, fingió seguir prestando atención a Louise. Sin embargo, juraría haber visto algo en él en el último segundo. Algo extrañamente familiar.
—No lo sé, no habla bien francés. Pero ha venido con esto —. Louise extendió su mano, desplazando por la mesa un recorte del journal que Nora reconoció al instante. Aquella columna la había escrito ella. —No le entiendo muy bien. Señala a la fotografía y al nombre que hay a pie de foto. Es el tuyo. —continuó informando. Sin embargo, la chica ya no la estaba escuchando. Un sudor frío comenzó a recorrer su espalda, sin motivo alguno. Se obligó a despejar sus pensamientos. ¿A qué temía? No tenía... por qué significar nada.  —Tú hablabas inglés de forma fluida ¿Verdad? Creo que tu podrías atenderle mejor—. Cuando Nora volvió a girarse, encontró al hombre de pie, mirando a las chicas con seriedad. Supuso que no hacía falta saber idiomas para entender que estaban hablando de él. 
—Está bien. A ver qué es lo que quiere— susurró, despidiéndose de la recepcionista y dirigiéndose, a su pesar y nuevamente, hacia el hombre que había destrozado su cuaderno de anotaciones.  —Bonjour monsieur ¿Puedo hacer algo por usted?— preguntó, esta vez, en el idioma en el que el hombre pudo entenderla.
—Gracias a los cielos, por fin alguien que me entiende por aquí— suspiró. —Estoy buscando a la persona que escribió este artículo ¿Es usted? —preguntó acelerado. Su falta de rodeos le hicieron entender a la chica que, o tenía prisa, o deseaba con demasiado interés la información que buscaba.
—Así es. ¿Es usted de algún periódico extranjero o algo así? ¿Necesita una cita con el redactor jefe? Quizás él podría ayudarle mejor que yo —se excusó, intentando persuadirle de fueran cuales fueran sus intenciones.
—No, no. Sólo soy un cualquiera y no es una pregunta tan complicada la que tengo que hacerle. Sólo necesito saber quien hizo esta fotografía y en qué lugar exactamente —admitió. 
—Caballero, la persona que hizo la fotografía decidió permanecer en el anonimato, de forma que no puedo darle esa información. No puedo violar las leyes. Además, la información que sabemos es la que está reflejada en la columna —insistió, analizándole de arriba abajo. Había algo en el el que...
—Señorita, por favor. Serán solo cinco minutos y no la molestaré más. ¿No podría responder unas cuantas preguntas? Siempre y cuando fuese usted quien recibió la información de primera mano, claro.
—Le digo que lo que hay escrito es cuanto sé. Además, estoy ocupada.
—Le pagaré los daños de su bolso además.
—No quiero dinero —sonrió extrañada. 
—Insisto —. Por el rabillo del ojo, comprobó como todos los trabajadores del periódico que pasaban por la entrada, se quedaban observando la escena, e incluso cuchicheando. Llevaba poco tiempo trabajando en la oficina y hasta entonces nunca nadie había recibido una visita tan extraña. ¿Y si le perjudicaba? ¿Y si... dañaba lo que había más allá?
—Acompáñeme— dijo en voz baja, cediendo. 

Subió por unas escaleras de mármol, bastante anchas y decoradas con una alfombra en tonos verdes que evocaban a la más que cercana navidad. Gracias a aquella alfombra, las pisadas de tacón de la chica no resonaron por todo el edificio, pues caminaba con tanta decisión que podría desconcentrar a cualquiera. A sus espaldas, aquel hombre extraño la seguía, observando todo con suma curiosidad y cierta extrañeza. Por suerte, la oficina no era muy grande. El journal había nacido hacía pocos años, quizá los mismos que Nora llevaba frecuentando París. Su razón no era otra que la de ser independiente, distinto y original. Allí no se trataban temas políticos, ni muchísimo menos económicos. Sólo sucesos sociales, curiosidades y, alguna que otra vez, eventos paranormales. Quizá por eso el director había ubicado la sede en un edificio pequeño y empleado a unos pocos trabajadores. 

Al llegar a su despacho, Nora abrió la puerta y dejó que el hombre entrase, cerrando la puerta a sus espaldas para evitar que los curiosos pudiesen oír la conversación. La habitación era bastante pequeña, más bien un cuartucho, de forma que llamarlo despacho, con un letrero en la puerta, no era más que una pretensión un poco desacertada. Al hombre, en cambio, no pareció impresionarle aquello. —Muy bien. Tome asiento como pueda —le ofreció la chica, que tuvo que esquivar varias cajas apiladas de informes hasta llegar a su silla. —Siento el desorden. No es normal tener visitas —.
—No estaré mucho tiempo, ya se lo he dicho.
—Llámame Nora, por favor. Aquí dentro ya no queda espacio para las formalidades —comentó jocosa mientras encendía la pantalla del ordenador portátil con el que trabajaba. —A ver. ¿Qué es lo que quiere saber exactamente? 
—Ya se lo dije. Información sobre el artículo. He venido por la fotografía desde bastante lejos. Al llegar a París he buscado el periódico y he intentado leerlo y no responde a mis preguntas. Quiero saber, en primer lugar, si ésta fotografía es real. Y si lo es, quiero saber cómo consiguió el fotógrafo zafarse de semejante criatura y salir vivo de aquello— comentó tajante, con una seguridad que daba paso a la preocupación.
—Espere, espere... —. Nora se quitó las gafas, dejándolas sobre la mesa. —¿Esto es... una especie de búsqueda de un aficionado de lo paranormal?
—Aficionado —se carcajeó el hombre, ligeramente ofendido. —Escribiste en esa esquina que la criatura parece salida de un cuento de terror, que nadie más la ha avistado y que por el momento todo parece tratarse de un misterio. ¿Qué fue lo que te dijo el fotógrafo sobre esa bestia?
—Nada concreto. Por los cielos, no es más que una fotografía de una columna de sucesos paranormales. Imagino que sabes como funciona esto. Algunas cosas son mentiras, otras son verdad... Desde que llegó Internet todo eso es muy confuso —excusó la chica, quitándole importancia al asunto.
—Entonces ¿Están publicando ustedes una sarta de mentiras?
—Yo no he querido decir eso.
—Pues es lo que he entendido —se cruzó de brazos. —No quiero hacerte perder el tiempo y yo tampoco tengo demasiado. He viajado hasta aquí sólo para saber dónde esta ese monstruo y nada más. Si aquí no pueden procurarme información iré yo mismo, sin más, a buscarlo —confesó.
—¿Que es lo que quieres hacer exactamente con el monstruo? —preguntó en voz baja, preocupada.
—Cazarlo.

Quizá fue la palabra, o quizás fue su expresión. Sus arrugas marcadas en la frente o su nariz arrugada. Incluso puede que fuese su mirada oscura, fiera y decidida... lo que hizo que los recuerdos se agolpasen en su cabeza todos a la vez. Recuerdos oscuros, de hacía ya muchos años, en un bosque, con un lobo... y un cazador. 
Se echó hacia atrás, arrastrando la silla sobre el suelo. Su mirada perdida quedó clavada en el rostro del hombre que tenía en frente, al que ahora recordaba con todo detalle. Después de tantos años, jamás pensó en volver a verle y menos aún en una situación como aquella, en un mundo como aquel. —¿Cazador? —preguntó atónita, en un hilo de voz. Preguntó sin pensar, sin reflexionar antes si era buena idea identificarle. El hombre, por su parte, compuso un rostro totalmente distinto al que había lucido hasta entonces. Los ojos le brillaron y su expresión perdió tensión.
—¿Quien eres? —preguntó, convencido de que aquel seudónimo solo podía ser conocido por alguien del pasado. Sin embargo, la chica no respondió. Se puso en pie y cerró el portátil. De forma rápida, ordenó los papeles que había desperdigados sobre la mesa, metiéndolos, junto con el anterior, en el bolso sucio. El Cazador se puso en pie a la par. —Eh, ¿Quien eres? Está claro que me conoces y no te recuerdo. 
—Déjalo, por favor— ordenó la chica con seriedad. Definitivamente no podía ser buena idea relacionarse con él.
—¡Eh, eh! ¡Eres la primera persona a la que encuentro en años! Dime al menos quien eres — se empecinó, teniendo que alagar el brazo para agarrar el codo de la chica que amenazaba con marcharse. Y aquello fue como un rayo. Como un calambre. Como un dolor insoportable. Nora retiró el brazo con una violencia y una rapidez poco vistas. Incluso le miró con odio por haberla tocado. Sin embargo, su expresión se relajó rápidamente.
— Tú quizás no te acuerdes. Yo tenía... unos catorce años entonces. Iba vestida de rojo, por uno de los bosques al norte de Francia. Por suerte, aquello quedó en un susto. Nunca llegaste a... hacerme daño —murmuró nerviosa. Empezaba a sentir demasiadas emociones a flor de piel y no le estaba gustando ninguna de ellas. 
—Un momento... ¡Sí! ¡Te recuerdo! ¡Tú eras aquella chica! —comentó extrañamente animado. —No me puedo creer que haya encontrado a alguien aquí, esto si que es una casualidad —comentó. Pero sus palabras no consiguieron frenar a Nora, que se aproximó con rapidez hacia la puerta. —Espera, espera. No te vayas. Estoy buscando a más como nosotros porque tenemos que hablar de lo que ha pasado. Esto es una locura.
—Yo no tengo nada que hablar —comentó tajante, casi ofendida.
—¿Cómo que no?
—Mira, como sea que te llames ahora. Ha sido un placer ¿Vale? Pero no quiero seguir manteniendo esta conversación. No me interesa nada que tenga que ver con como era todo antes —alegó. —Y a esa bestia, déjala en paz —le señaló. —Es demasiado peligrosa. Es demasiado peligrosa incluso para ti —terminó por decir. Finalmente, abrió la puerta y se marchó.

Nora corrió escaleras abajo, y tras excusarse por encontrarse mal, se fue de la oficina. Corrió hacia la parada del autobús de forma que fue un milagro que no tropezara por los adoquines con los zapatos del trabajo. Una vez tomó el transporte, pudo empezar a respirar con ligera tranquilidad de camino a casa. Sin lugar a dudas, después de todos esos años... seguía sin estar preparada para lo que se avecinaba.

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