Robert
Bella, un nombre bonito, o al menos eso consideraba Robert mientras caminaba ya por la calle tras despedirse de su vieja conocida. Si se trataba de convencerla, creía que la única forma de que pudiese ver un cambio en ella era liberarla de esa bestia que decía ser peligrosa, a la que parecía temer y conocer bastante bien. Él, sin embargo, no le temía. No temía a nada. Detrás de sí había dejado un camino lo bastante bien marcado por su reputación como arquero y cazador que le perseguiría de por vida, al menos en su mundo de siempre, al que planeaba volver. Y el siguiente paso para el regreso era conseguir un buen arma.
Deambuló y preguntó a diversos transeuntes durante un par de horas hasta que por fin dio con lo que tanto buscaba: una tienda de elementos de caza. Allí había de todo, un completo paraíso: había desde ropa de camuflaje a cañas de pescar, bandoleras, cartucheras, rifles, cuchillos, cantimploras, sombreros, gafas... -He de reconocer que este mundo tiene sus concesiones...- masculló, ojeando el precio de un rifle, que se le iba en exceso de presupuesto -Oí hablar de cosas como esta en tierras lejanas...- seguía diciéndose a sí mismo -Me pregunto en qué parte del mundo estoy, exactamente, en comparación...-
-Je peus vous aider, monsieur?- preguntó la repentina voz del dependiente, amable, algo regordete y risueño.
-Eh...- Robert trató de pensar en cómo debería decir en ese idioma lo que buscaba -Yo no... habla bien... ¿Francesco?- el dependiente estalló en carcajadas al oirle decir semejante atrocidad.
-No problema, no hay problema- dijo entonces con un marcadísimo acento francés -Ah, el inglés. La lengua antigua de los grandes señores- imitó el gesto de tomar una taza de té.
-Qué alivio- sonrió Robert -Casi pensaba que no encontraría a nadie que se manejara en mi idioma y menos para estas cosas-
-Un buen cazador debe conocer el mundo, mon ami. Y conocer el mundo es conocer sus idiomas- guiñó el ojo.
-Tienes razón en eso- le señaló Robert -Y solo por eso voy a hacerte una compra- sin demasiados preambulos, lanzó la mochila sobre el mostrador y extrajo la cajita en la que guardaba el dinero. Al vendedor se le abrieron los ojos al ver el fajo de billetes que extrajo y que le puso delante como quien juega a las cartas sin apuestas, totalmente despreocupado -¿Tienes un arco y flechas?-
-Por ese dinero, señor, se lo fabricaría con mis manos de no tenerlo- asintió.
-Pues enséñame el mejor que tengas. Todo esto... es exclusivamente para un arco. Un buen arco. El mejor-
Dicho y hecho, en cuestión de minutos el vendedor le trajo un arco moderno con sistema de poleas en los extremos, de forma que facilitaba la tensión de la cuerda y aseguraba una fuerza extra de empuje a la hora de disparar. Las flechas estaban también trabajadas y depuradas de forma magistral -Magnífico- dijo Robert cogiendo el arco entre sus manos y probando la cuerda.
-Veo que es usted tirador experto por la forma en que lo maneja ¿Ha competido en algún torneo oficial, monsieur?-
-A veces- sonrió malicioso -Creo que me lo quedo-
-Estupendo. Si me permite su documento de identificación podremos proceder a...- el vendedor fue dejando de hablar conforme contemplaba la mirada de Robert ante esa petición -¿Monsieur?-
-Creo que me lo he dejado en casa-
-Oh- rio el tendero -Me temo que entonces no puedo vendérselo, señor. Es peligroso dejar que alguien sin identificar vaya por ahí con...- otro pequeño fajo de billetes cayó en manos del vendedor -...las manos vacías- se corrigió -Además tiene pinta usted de ser un buen hombre, serio y profesional. Nunca le haría daño a una mosca ¿Verdad?- sonrió.
-Jamás he dañado a una mosca- devolvió la sonrisa Robert.
-...¿Y a una persona?-
-Menos. Yo solo cazo bestias-
-Entonces es solo para cazar ¿No es así?- bajó la voz -Me meterá en un lío si le dejo ir sin identificarle...-
-Pero si me he identificado, te lo he dicho. Lo quiero para cazar ¿no? Soy el Cazador- tentando a la suerte, cogió el arco y las flechas y las envolvió en el manto con el que el vendedor se lo trajo al mostrador y se dispuso a marchar, sin más. Contó los pasos hasta la puerta esperando oír al vendedor llamar a la policía en cualquier instante, pero solo escuchó la puerta cerrarse a sus espaldas. Suspiró pesadamente, aliviado. Ahora su mochila pesaba algo menos y su caja del dinero había perdido prácticamente la mitad o más de lo que había conseguido guardar haciendo el capullo en distintos "oficios" de mala muerte. Ahora, tocaba gastar más. El transporte hacia el lugar donde se decía que estaba aquella horrible bestia. Un taxi sería una buena inversión.
Y después de 3 largas horas de trayecto en las que no había dejado de escuchar al taxista despotricar de cualquier cosa en un francés que Robert no entendía en absoluto, llegaron al lugar. Estaba desolado, sin atisbo de vida que animara el lugar. Además, la noche ya empezaba a caer sobre las ruinas de esa majestuosa mansión. El ambiente daba escalofríos. El taxista preguntó a Robert si estaba seguro de que quería quedarse ahí a esas horas. Aunque el cazador no entendía la pregunta exacta del taxista, asintió amablemente y se despidió. Hasta que el coche no se esfumó en el horizonte, el archiconocido arquero no se adentró paso a paso, lentamente, en las entrañas de aquella mansión.
El lugar estaba regado de árboles que decoraban el lugar e incluso algunos habían crecido en el interior mismo de las ruinas. La mayoría de la mansión estaba desnuda ante el cielo que, anaranjado, ya anunciaba el inminente ocaso ante la falta de tejado. Viendose solo en aquella situación, Robert sintió algo de ganas de golpearse contra la pared por imbécil ¿Se estaba arrepintiendo? No, no era arrepentimiento. O quizá sí ¿Pero por qué? No era la primera vez que se enfrentaba a alguna que otra bestia salvaje ¿Por qué temer a esta? La respuesta era sencilla: era como enfrentarse consigo mismo, con la sombra en su interior. Por ello le ardía la sangre. Sentía el corazón bombeando con fuerza en su pecho. Con tanta, que hasta en sus oídos sentía el pulso constante como tambores de guerra. Robert permanecía inmóvil en mitad del hall de entrada, o lo que antaño fue un hall de entrada, hasta que el cielo pasó de naranja a un tono azul oscuro y la primera estrella brilló en el cielo. Fue cuando oyó el rugido grave y cavernoso desde una de las destrozadas ventanas. Cuando miró, con una helada gota de sudor recorriéndole ya la nuca, advirtió el aspecto infernal de aquella bestia: una suerte de ser antropomorfo de gran tamaño y musculatura, cubierta de pelo marrón oscuro y con cuernos que se retorcían hacia hacia atrás, naciéndole de su cabeza. Su hocico era ligeramente pronunciado y mostraban unos colmillos tan feroces como las garras de sus manos. Era a todas luces un licántropo deforme, literalmente era lo que era: una bestia.
-Hola- saludó Robert dejando el bulto que llevaba en los brazos en el suelo y abriendo el manto para desvelar el arco y el carcaj con flechas -Encantado de conocerte, por fin- la bestia solo gruñía como un perro rabioso -Imaginaba que serías mucho más difícil de encontrar ¿Sabes? Conozco a los de tu tipo, los de tu especie. Sois esquivos, avergonzados de en lo que os habéis convertido: monstruos peligrosos y carentes de alma y empatía por los demás- más gruñidos. Si figura monstruosa se movía entre los escombros y se anclaba a la pared con sus garras para bajar al suelo de forma amenazante, despacio, sosegado -Venga, sé que puedes hablar- ante aquella afirmación, la bestia se detuvo y contempló al cazador con ojos inteligentes.
-¿Quién eres?- gruñó con rabia.
-Me llamo Robert. Bueno, me hago llamar Robert- sonrió -Mi verdadero nombre es Robin-
-Robin...- entornó la mirada -¿El ladrón?-
-Qué honor que me conozcas- colocó una flecha sobre el arco y comenzó a tensar la cuerda.
-Esperaba que algún día visitaras mi castillo- la bestia se irguió sobre sus patas traseras. Con la oscuridad, Robert no se había percatado de que llevaba una especie de manta destrozada a modo de capa envuelta sobre los hombros. Así, en pie, fácilmente sobrepasaba los dos metros y medio de altura -Pero supongo que para un cerdo poco importa el lugar del matadero-
-Qué atrevido- apuntó -¿Esas son tus últimas palabras?-
-¿A qué has venido, ladrón? Este no es mi hogar. Este no es mi castillo. No hallarás riquezas aquí, más que la poca vida que te queda y que estás a punto de perder. Valórala-
-Créeme, tengo mi trofeo, ese hermoso tesoro, justo delante de mis narices- tensó la cuerda al máximo.
-¿Vienes a por mí, sin más?- en el rostro de la bestia casi se dibujó la sombra de una especie de sonrisa, lo que lo hizo más aterrador.
-Exacto. Y ahora, por favor, ven con el Cazador- disparó la flecha con la velocidad del viento, pero para su sorpresa, la bestia la esquivó de un salto. Se movió con suma velocidad, saltando y aferrándose a escombros y paredes para luego arrojarse en contra de Robert con las fauces por delante, con intención de hacerle una presa mortal. El cazador esquivó a su depredador con eficacia, aunque sabía por experiencia que se cansaría antes que la bestia. Lo sabía muy bien -¡Eres rápido!-
-¡Mejor que seas más rápido que yo y te des prisa en morir!- devatió la bestia arrojándose nuevamente contra él. Robert volvió a esquivar su embestida, pero no tomó en cuenta lo evidente y es que, a pesar de sus cuernos, no era un toro. La bestia se aferró al suelo con las garras y giró sobre sí misma para redireccionarse contra el cazador, al que golpeó con fuerza con uno de sus enormes y poderosos hombros, derribándolo y apartándolo unos metros de él. Robert se sintió flotar como en una nube hasta que se estrelló con uno de los árboles interiores de la vieja mansión. Fue como si un ejército cayese sobre su espalda en un instante. El golpe le causó una conmoción lo bastante grande como para que le pitasen los oídos y su visión se emborronara y flasheara, coqueteando con el desvanecimiento. Tosió repetidas veces y, sin preeverlo, vomitó en el suelo lo poco que había comido -Has cometido un gran error al venir aquí, cazador...- masculló la bestia mientras se acercaba a él de forma amenazante.
-Bastardo- tosió de nuevo -Al final me vas a obligar a hacerle caso a la chica...- se dijo mientras se ponía en pie, recordando las palabras de Bella.
-¿La chica...?- la bestia frunció el ceño y se lanzó de nuevo contra el cazador. Robert recogió a tiempo una flecha y la preparó, disparó y dio en el blanco. La flecha se clavó en la dura piel de la bestia pero ésta ignoró el dolor de forma vehemente, aferrando a Robert de las vestiduras y estrellándolo contra la pared -¿¡Qué chica!?- rugió de forma salvaje.
-Agh...- tosió el hombre, sintiendo el demoledor calambre en su espalda. Realmente le costaba ver con claridad.
-Tú...- la bestia le olfateó lentamente, y progresivamente, su forma de olerle se volvió más intensa y veloz. Se estaba excitando a la par que violentando -Este aroma... Este olor... ¡¿Cómo se llama la chica!?-
-Se... Se llama...-
-¡Dilo y te dejaré vivir!- ordenó la bestia.
-Se llama... "Bajada de guardia"- dijo de pronto, con otra flecha en la mano que había cogido previamente. Sin espacio ni tiempo para usar el arco, utilizó la flecha como un simple cuchillo y apuñaló en el ojo a la bestia. El monstruo se encogió, rugió como una tormenta y arrojó a Robert violentamente contra unos escombros que terminaron de destrozarle por completo la ropa y el cuerpo. Al menos y pese a estar al borde de la inconsciencia, había ganado tiempo para huir. Pese a haber recibido solo un par de golpes, la fuerza de ese monstruo era inconmensurable y le superaba con creces. Ahora estaba cegada y el tiempo en que estuviera ocupada se volvió de oro. Con poco más que el arco y un par de flechas guardadas, salió corriendo del lugar bajo el amparo de las ya titilantes estrellas que aparecían poco a poco en el cielo, con los doloridos rugidos de la bestia como telón de fondo.
-¿¡Dónde está!? ¡Di su nombre! ¿¡Dónde te has metido, malnacido!? ¡La encontraré! ¿¡Me oyes!? ¡LA ENCONTRARÉ!- rugió hasta desgañitarse mientras Robert corría o al menos lo intentaba. Dio tumbos entre los árboles hasta salir de la zona poco a poco. Se dejó caer para retozar entre tierra y hierba para intentar compensar su olor corporal y el hedor de la sangre que le salían por los diversos cortes y heridas en caso de que ese monstruo le siguiese. Volver a pie le tomaría un par de días, de modo que sabía que debía encontrar una forma de regresar lo más rápido posible. Necesitaba hablar con Bella y decirle lo que había pasado, pues parecía que ese ser tenía mucho interés en ella...
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