miércoles, 11 de diciembre de 2019

Nora

Las horas de lo que quedó de día pasaron muy lentas. Nora no recordaba haber estado más inquieta y nerviosa desde que apareció en París que aquella vez. El encontronazo con Robert, el Cazador al que recordaba de su pasado, el Robin que pertenecía a su anterior mundo, había dejado huella en la chica. De alguna manera, siempre había sospechado que encontrar a alguien con sus mismas características acabaría ocurriendo, y que el hecho de que se le propondría solucionar las cosas vendría de la mano. Pero no estaba preparada. Se había acostumbrado demasiado a su nueva vida, a su nueva persona. Pensar en desprenderse de ello y volver a ser la que era, en las mismas condiciones, la asustaba. Quizá por ello no fue sorpresa que aquella noche tuviese pesadillas en las que volvía a palacio, a la misma habitación oscura y sucia, a sentir el mismo frío en la piel y el mismo hedor en la nariz. 

Tampoco pudo trabajar al día siguiente con la misma productividad que siempre. Su cabeza se encontraba perdida en recuerdos, ideas extrañas y posibilidades de futuro que le desagradaban, lo suficiente como para que la columna del periódico que tenía que terminar, quedase por la mitad. Se vio así misma, pequeña, en aquel cuchitril que tenía por despacho, preguntándose si estaba actuando de la forma correcta.

Al volver a casa, no sintió ganas de hacer nada. Se echó sobre el sofá durante un rato, memorizando todas y cada una de las anotaciones de su cuaderno por si, algún día, acababa más destrozado. Después, de dio un baño y por último cenó algo ligero mientras echaba un vistazo a su estantería. Lo lógico hubiese sido poner la televisión hasta quedarse dormida, pero los libros seguían siendo más divertidos para ella que esa caja llena de reproducciones. Pero, en concordancia con su ánimo, no sintió deseos de leer nada. Acabó metiéndose en la cama más pronto de lo normal, deseosa de no sufrir ninguna pesadilla más.

Sin embargo, sus sueños se vieron repentinamente interrumpidos.

En mitad de la noche, Nora se sobresaltó ante un ruido estruendoso proveniente del salón. Dio un brinco sobre la cama y rápidamente echó mano al cajón de la mesita de noche. Por razones de seguridad propia, desde que había alquilado la vivienda, guardaba un cuchillo en la misma, por lo que pudiese llegar a ocurrir. Tragando saliva, salió de la cama con el arma entre las manos temblorosas. Se quedó quieta durante unos segundos en el marco de la puerta, de forma que cuando avanzó por el pequeño y corto pasillo lo hizo rápido, dispuesta a coger por sorpresa a quien fuese que había entrado en su hogar. Así, dio un brinco hasta el salón con el cuchillo sobre la cabeza, moviendo los ojos rápidamente para que nada que perteneciese a la escena que iba a presenciar, escapase de su control. Y allí lo vio: una figura doblada sobre el suelo, cabizbaja, que había entrado sin lugar a dudas por la ventana, dado que el cristal se encontraba abierto y las cortinas se mecían con el arrullo de la brisa nocturna hacia el interior. Pero esa forma de entrar... le resultaba demasiado familiar. —¿Robert?— se atrevió a preguntar, aún con el arma en alto. La figura oscura alzó la mano en señal de indefensión como respuesta. Nora caminó un par de pasos hasta alcanzar el interruptor de la luz. Cuando el brillo de la bombilla arrojó claridad a la situación, la chica sintió ganas de llevarse las manos a la cabeza. El Cazador estaba magullado. No, más que magullado. Sus ropas estaban algo rotas y sucias, llenas de manchas de sangre. Las porciones de piel que dejaba entrever lucían en colores morados y oscuros. Y por la posición casi fetal en el suelo, no hizo falta pensar mucho más para sacar conclusiones. —Oh, no— murmuró. —¿Has ido?— preguntó. —¡¿Se ta ha ocurrido ir?!
—Yo... Hubiese podido acabar con esa cosa de no ser por...
—No es verdad. No me lo puedo creer— continuó, incrédula. —¡¿Por qué habrías ido en búsqueda de una bestia peligrosa incluso cuando te lo advertí?! ¡¿Por qué razón habrías contrariado la petición que te hice?! ¡Incluso después de abrirte las puertas de mi casa y resolver tus dudas! Dime que no es verdad lo que estás intentando decir —le señaló con el dedo. Cuanto más hablaba, más le hervía la sangre. Los ojos se le enrojecieron y los puños se le tensaron de pura ansiendad.
— Mira, no se qué paso— bufó él. Con algo de esfuerzo, acabó incorporándose aún en el suelo. Quedó sentado sobre el mismo y dejó caer la espalda sobre el sofá. Su aspecto era el de un hombre cansado y dolorido. Y no era para menos. Las manchas de sangre se duplicaban ante los ojos de Nora cuanto más le observaba. —Tenías razón, es un tipo duro — sonrió con sorna. —Pero te juro que ha sido un fallo tonto. Ya no tendrías nada que ver con la bestia si yo...
—¡Vete de mi casa!— gritó la chica. Robert se quedó mirándola, extrañado. A pesar de no conocerla de nada, la falta de solidaridad de una igual a él debió de parecerle fría y deshumanizada. —¡No tienes ni idea de lo que has hecho! ¡Ni idea!
—Nora... quiero decir, Bella, escucha. Yo no...
—Venga, fuera —insistió señalando a la puerta. El Cazador acabó haciendo un esfuerzo sobre humano para ponerse en pie. Recogió su mochila del suelo, de la cual sobresalían lo que parecían ser flechas. Sin más palabras, se dirigió hacia la puerta y la cerró tras marcharse. 

Nora contó hasta diez. Se propuso hacerlo de forma lenta y tranquila, intentando alejar de su mente la imagen que acababa de ver. Justo antes de marcharse, Robert le había dado la espalda. Tenía la camisa rota y una gran herida aun supurante y sucia. No imaginaba como podía estar de pie con semejante lesión, ni mucho menos como pasaría aquella noche en París así. 
Haciendo de tripas corazón, acabó abriendo la puerta y bajando las escaleras a toda prisa. Le encontró cerca del portal, quieto, de seguro, por haberla escuchado acercarse a sus espaldas. —Sube. En silencio.

Volver a entrar en la casa pesó más que nunca. Cerró nuevamente la puerta, asegurándose de que todos los candados y cerrojos cumplían su función. Ahora la necesitaría más que nunca. —Échate en el sofá. Te traeré algo —aseguró. En una cajonera pequeña del aseo guardaba un botiquín con cosas útiles y básicas, como tiritas, vendas, desinfectante y unas tijeras; además de algunos blisters de pastillas. Incapaz de saber qué le vendría bien a Robert en aquella situación, acabó cogiéndolo todo y dejándolo en la mesa del salón. El hombre ya se había tomado la libertad de quitarse el abrigo y de examinarse algunas heridas. 
—Si tanto te he molestado, no deberías haberme pedido que vuelva a entrar. No he venido hasta aquí a molestar a nadie— aseguró.
—No soy tan cruel —le miró desde su posición. — Y si es por molestar, llevas haciéndolo desde que apareciste en la oficina. Estás poniéndolo todo patas arribas. 
—Lo siento ¿Vale? No sabía que podía llegar a molestarte tanto el hecho de quitar a esa bestia de en medio. Mi única intención era que recapacitaras, demostrarte que soy capaz de resolver esta situación y que todos podemos seguir ganando —explicó.
—¡¿Y por qué no entiendes que esto ha sido lo peor que has podido hacer por mi?!—le tembló la voz a la chica.
—Necesitas que él deje de fastifiarte ¿No?
—No exactamente. Y es complicado. Nada que debas entender dada tu posición, después de todo.
—Pues es lo único que me ha quedado claro. Que tú no quieres tener nada que ver con él, pero él contigo sí —aquellas palabras se sintieron como un vaso de agua helada sobre la mujer. Durante unos segundos, se quedó sin palabras.
—¿Que...has dicho? ¿Como sabes eso?
—Me preguntó por una chica. Me estuvo oliendo, olfateando. Yo que sé. Pero parecía muy nervioso por saber quien eras tú. Porque eres tú a quien se refería... ¿Verdad?—. Nora, por un instante, colapsó. Se llevó las manos a la frente mientras comenzó a caminar en círculos, para acabar sentándose sobre el suelo, de espaldas a las estanterías. —¿Nora?
—No... definitivamente... no sabes lo que has hecho —murmuró anonada. De sus ojos brotaron dos lágrimas, cristalinas y finas, las cuales desaparecieron después de que ocultase el rostro entre las mangas de su camisón.
—¿Qué?
—Ahora estoy en peligro. Ya no... ya no puedo estar aquí— aseguró, volviendo a ponerse en pie. Tenía la mirada perdida y estaba más nerviosa de lo normal. En su cabeza, una lista de cosas imprescindibles que debía coger antes de irse fue dibujándose, mientras que a ojos del Cazador, aquello sólo era un problema que parecía agravarse por momentos.
—¿De qué hablas?
—¡Vendrá a por mi! ¡Seguirá tu rastro! ¡Podrá saber donde estoy y entonces...!
—¡Eh, eh! ¡Cálmate! —sugirió Robert, haciendo otro enorme esfuerzo por acercarse a ella. —Esa bestia no te va a hacer nada. Está encerrada ahí. No puede salir estando las cosas tal y como están ¿No?
—¡¿Y tu que sabes?! ¡No sabes como es él!
—Pero los dos tenemos algo en común. Y créeme, yo no podría salir de allí—aseguró en tono apaciguador. La mujer intentó calmarse, recreándose en esas palabras, intentando pensar que podría ser cierto. Sin embargo, esos segundos alcanzando la tranquilidad se vieron esfumados cuando Robert extendió el brazo hacia a ella. No supo que intentaba. Quizá reconfortarla con un abrazo, con un roce o dos toques en la espalda, pero fuera lo que fuese, Nora sintió pánico. Se echó hacia atrás con violencia antes de que llegase a alcanzara, de forma que el hombre recordó su condición. Apartó la mano como un rayo. —Es cierto, es cierto. Lo olvidaba. Discúlpame—pidió justo antes de volver al sofá, dolorido y cansado. —De verdad que yo no sabía que... ¿Te busca ese tío?
—Déjalo ¿Quieres?
—De acuerdo, de acuerdo —suspiró. —¿Hay algo que pueda hacer por ti para compensarte?
—Simplemente déjalo estar. Ya no... ya no podemos hacer nada—susurró, tomando aire profundamente. Calmarse estaba siendo toda una odisea, pero si pensaba con racionalidad ¿Qué más podía hacer? Ya estaba hecho. Ahora sólo le quedaba protegerse, comprobar que las cosas seguían bien y si no... prepararse para huir. —Ahí tienes vendas, desinfectante y medicinas. ¿Sabes usar pastillas? ¿Las has tomado antes?
—Ni te imaginas cuantas.
—Bueno, pues apañatelas. Yo no puedo ayudarte, pero al menos te aliviarán el dolor.
—Te lo agradezco —. Robert se descamisó como pudo. Tomó de forma torpe las vendas y el bote de desinfectante, el cual comenzó a verter sobre las heridas del brazo sin cálculos. Definitivamente, no sabía curar sus propias lesiones.
—¿Tienes un sitio al que ir? ¿Lugar para dormir? ¿Comida, al menos? —preguntó la chica de brazos cruzados.
—Nada de eso. Tengo dinero para viajar, no para hospedarme —confesó. Nora bufó. ¿Estaba hablando en serio? Pero ¿En qué pensaba ese hombre? Parecía carecer de razón para todo lo que a su vida rodeaba.
—Puedes quedarte aquí esta noche, si quieres. Vivo sola, así que no molestarás a nadie más. Lo que no tengo es ropa que darte y una cama que cederte. Tendrás que dormir en el sofá —le ofreció.
—Es suficiente, de verdad. Ni te imaginas en los lugares en los que he estado durmiendo antes de llegar hasta aquí.
—No lo quiero saber —se apresuró a decir. —Tengo que trabajar mañana. Si me quedo más tiempo despierta no habrá forma de que termine las tareas pendientes. ¿Necesitas algo antes de que me vaya? ¿Mantas? ¿Alguna otra pastilla? Hay comida en el frigorífico, aunque poca cosa.
—Está todo bien —. Nora se negó a hablar más. No le apetecía intercambiar más palabras con él. Temía que la ira volviese a apoderarse de ella y acabase echándole de nuevo de su casa, cosa de la que, realmente, no le faltaban ganas. —Muchas gracias, de verdad —. La mujer se volvió para mirarle una última vez antes de regresar a su habitación. Las múltiples heridas de su cuerpo relataban una escena de dolor y violencia extrema.
—¿Como conseguiste salir vivo? —preguntó por última vez.
—Yo solo... escapé.

Cuando volvió a la cama, estaba demasiado desvelada como para poder dormir. El simple hecho de tener a un desconocido en casa ya era razón suficiente como para no pegar ojo, pero tener el convencimiento de que esa bestia era la bestia que conocía y que se acordaba de ella, que la estaba buscando... En silencio, lloró sobre la almohada. No quería culpar a Robert, no quería dejar caer sobre él toda la furia que tenía y hacerle pagar por lo que había hecho cuando las intenciones no habían sido malas. Ella no era así. Pero era un hecho. Acababa de destrozar su nueva vida. 

Robert


Bella, un nombre bonito, o al menos eso consideraba Robert mientras caminaba ya por la calle tras despedirse de su vieja conocida. Si se trataba de convencerla, creía que la única forma de que pudiese ver un cambio en ella era liberarla de esa bestia que decía ser peligrosa, a la que parecía temer y conocer bastante bien. Él, sin embargo, no le temía. No temía a nada. Detrás de sí había dejado un camino lo bastante bien marcado por su reputación como arquero y cazador que le perseguiría de por vida, al menos en su mundo de siempre, al que planeaba volver. Y el siguiente paso para el regreso era conseguir un buen arma.

Deambuló y preguntó a diversos transeuntes durante un par de horas hasta que por fin dio con lo que tanto buscaba: una tienda de elementos de caza. Allí había de todo, un completo paraíso: había desde ropa de camuflaje a cañas de pescar, bandoleras, cartucheras, rifles, cuchillos, cantimploras, sombreros, gafas... -He de reconocer que este mundo tiene sus concesiones...- masculló, ojeando el precio de un rifle, que se le iba en exceso de presupuesto -Oí hablar de cosas como esta en tierras lejanas...- seguía diciéndose a sí mismo -Me pregunto en qué parte del mundo estoy, exactamente, en comparación...-
-Je peus vous aider, monsieur?- preguntó la repentina voz del dependiente, amable, algo regordete y risueño.
-Eh...- Robert trató de pensar en cómo debería decir en ese idioma lo que buscaba -Yo no... habla bien... ¿Francesco?- el dependiente estalló en carcajadas al oirle decir semejante atrocidad.
-No problema, no hay problema- dijo entonces con un marcadísimo acento francés -Ah, el inglés. La lengua antigua de los grandes señores- imitó el gesto de tomar una taza de té.
-Qué alivio- sonrió Robert -Casi pensaba que no encontraría a nadie que se manejara en mi idioma y menos para estas cosas-
-Un buen cazador debe conocer el mundo, mon ami. Y conocer el mundo es conocer sus idiomas- guiñó el ojo.
-Tienes razón en eso- le señaló Robert -Y solo por eso voy a hacerte una compra- sin demasiados preambulos, lanzó la mochila sobre el mostrador y extrajo la cajita en la que guardaba el dinero. Al vendedor se le abrieron los ojos al ver el fajo de billetes que extrajo y que le puso delante como quien juega a las cartas sin apuestas, totalmente despreocupado -¿Tienes un arco y flechas?-
-Por ese dinero, señor, se lo fabricaría con mis manos de no tenerlo- asintió.
-Pues enséñame el mejor que tengas. Todo esto... es exclusivamente para un arco. Un buen arco. El mejor-

Dicho y hecho, en cuestión de minutos el vendedor le trajo un arco moderno con sistema de poleas en los extremos, de forma que facilitaba la tensión de la cuerda y aseguraba una fuerza extra de empuje a la hora de disparar. Las flechas estaban también trabajadas y depuradas de forma magistral -Magnífico- dijo Robert cogiendo el arco entre sus manos y probando la cuerda.
-Veo que es usted tirador experto por la forma en que lo maneja ¿Ha competido en algún torneo oficial, monsieur?-
-A veces- sonrió malicioso -Creo que me lo quedo-
-Estupendo. Si me permite su documento de identificación podremos proceder a...- el vendedor fue dejando de hablar conforme contemplaba la mirada de Robert ante esa petición -¿Monsieur?-
-Creo que me lo he dejado en casa-
-Oh- rio el tendero -Me temo que entonces no puedo vendérselo, señor. Es peligroso dejar que alguien sin identificar vaya por ahí con...- otro pequeño fajo de billetes cayó en manos del vendedor -...las manos vacías- se corrigió -Además tiene pinta usted de ser un buen hombre, serio y profesional. Nunca le haría daño a una mosca ¿Verdad?- sonrió.
-Jamás he dañado a una mosca- devolvió la sonrisa Robert.
-...¿Y a una persona?-
-Menos. Yo solo cazo bestias-
-Entonces es solo para cazar ¿No es así?- bajó la voz -Me meterá en un lío si le dejo ir sin identificarle...-
-Pero si me he identificado, te lo he dicho. Lo quiero para cazar ¿no? Soy el Cazador- tentando a la suerte, cogió el arco y las flechas y las envolvió en el manto con el que el vendedor se lo trajo al mostrador y se dispuso a marchar, sin más. Contó los pasos hasta la puerta esperando oír al vendedor llamar a la policía en cualquier instante, pero solo escuchó la puerta cerrarse a sus espaldas. Suspiró pesadamente, aliviado. Ahora su mochila pesaba algo menos y su caja del dinero había perdido prácticamente la mitad o más de lo que había conseguido guardar haciendo el capullo en distintos "oficios" de mala muerte. Ahora, tocaba gastar más. El transporte hacia el lugar donde se decía que estaba aquella horrible bestia. Un taxi sería una buena inversión.

Y después de 3 largas horas de trayecto en las que no había dejado de escuchar al taxista despotricar de cualquier cosa en un francés que Robert no entendía en absoluto, llegaron al lugar. Estaba desolado, sin atisbo de vida que animara el lugar. Además, la noche ya empezaba a caer sobre las ruinas de esa majestuosa mansión. El ambiente daba escalofríos. El taxista preguntó a Robert si estaba seguro de que quería quedarse ahí a esas horas. Aunque el cazador no entendía la pregunta exacta del taxista, asintió amablemente y se despidió. Hasta que el coche no se esfumó en el horizonte, el archiconocido arquero no se adentró paso a paso, lentamente, en las entrañas de aquella mansión.

El lugar estaba regado de árboles que decoraban el lugar e incluso algunos habían crecido en el interior mismo de las ruinas. La mayoría de la mansión estaba desnuda ante el cielo que, anaranjado, ya anunciaba el inminente ocaso ante la falta de tejado. Viendose solo en aquella situación, Robert sintió algo de ganas de golpearse contra la pared por imbécil ¿Se estaba arrepintiendo? No, no era arrepentimiento. O quizá sí ¿Pero por qué? No era la primera vez que se enfrentaba a alguna que otra bestia salvaje ¿Por qué temer a esta? La respuesta era sencilla: era como enfrentarse consigo mismo, con la sombra en su interior. Por ello le ardía la sangre. Sentía el corazón bombeando con fuerza en su pecho. Con tanta, que hasta en sus oídos sentía el pulso constante como tambores de guerra. Robert permanecía inmóvil en mitad del hall de entrada, o lo que antaño fue un hall de entrada, hasta que el cielo pasó de naranja a un tono azul oscuro y la primera estrella brilló en el cielo. Fue cuando oyó el rugido grave y cavernoso desde una de las destrozadas ventanas. Cuando miró, con una helada gota de sudor recorriéndole ya la nuca, advirtió el aspecto infernal de aquella bestia: una suerte de ser antropomorfo de gran tamaño y musculatura, cubierta de pelo marrón oscuro y con cuernos que se retorcían hacia hacia atrás, naciéndole de su cabeza. Su hocico era ligeramente pronunciado y mostraban unos colmillos tan feroces como las garras de sus manos. Era a todas luces un licántropo deforme, literalmente era lo que era: una bestia.
-Hola- saludó Robert dejando el bulto que llevaba en los brazos en el suelo y abriendo el manto para desvelar el arco y el carcaj con flechas -Encantado de conocerte, por fin- la bestia solo gruñía como un perro rabioso -Imaginaba que serías mucho más difícil de encontrar ¿Sabes? Conozco a los de tu tipo, los de tu especie. Sois esquivos, avergonzados de en lo que os habéis convertido: monstruos peligrosos y carentes de alma y empatía por los demás- más gruñidos. Si figura monstruosa se movía entre los escombros y se anclaba a la pared con sus garras para bajar al suelo de forma amenazante, despacio, sosegado -Venga, sé que puedes hablar- ante aquella afirmación, la bestia se detuvo y contempló al cazador con ojos inteligentes.
-¿Quién eres?- gruñó con rabia.
-Me llamo Robert. Bueno, me hago llamar Robert- sonrió -Mi verdadero nombre es Robin-
-Robin...- entornó la mirada -¿El ladrón?-
-Qué honor que me conozcas- colocó una flecha sobre el arco y comenzó a tensar la cuerda.
-Esperaba que algún día visitaras mi castillo- la bestia se irguió sobre sus patas traseras. Con la oscuridad, Robert no se había percatado de que llevaba una especie de manta destrozada a modo de capa envuelta sobre los hombros. Así, en pie, fácilmente sobrepasaba los dos metros y medio de altura -Pero supongo que para un cerdo poco importa el lugar del matadero-
-Qué atrevido- apuntó -¿Esas son tus últimas palabras?-
-¿A qué has venido, ladrón? Este no es mi hogar. Este no es mi castillo. No hallarás riquezas aquí, más que la poca vida que te queda y que estás a punto de perder. Valórala-
-Créeme, tengo mi trofeo, ese hermoso tesoro, justo delante de mis narices- tensó la cuerda al máximo.
-¿Vienes a por mí, sin más?- en el rostro de la bestia casi se dibujó la sombra de una especie de sonrisa, lo que lo hizo más aterrador.
-Exacto. Y ahora, por favor, ven con el Cazador- disparó la flecha con la velocidad del viento, pero para su sorpresa, la bestia la esquivó de un salto. Se movió con suma velocidad, saltando y aferrándose a escombros y paredes para luego arrojarse en contra de Robert con las fauces por delante, con intención de hacerle una presa mortal. El cazador esquivó a su depredador con eficacia, aunque sabía por experiencia que se cansaría antes que la bestia. Lo sabía muy bien -¡Eres rápido!-
-¡Mejor que seas más rápido que yo y te des prisa en morir!- devatió la bestia arrojándose nuevamente contra él. Robert volvió a esquivar su embestida, pero no tomó en cuenta lo evidente y es que, a pesar de sus cuernos, no era un toro. La bestia se aferró al suelo con las garras y giró sobre sí misma para redireccionarse contra el cazador, al que golpeó con fuerza con uno de sus enormes y poderosos hombros, derribándolo y apartándolo unos metros de él. Robert se sintió flotar como en una nube hasta que se estrelló con uno de los árboles interiores de la vieja mansión. Fue como si un ejército cayese sobre su espalda en un instante. El golpe le causó una conmoción lo bastante grande como para que le pitasen los oídos y su visión se emborronara y flasheara, coqueteando con el desvanecimiento. Tosió repetidas veces y, sin preeverlo, vomitó en el suelo lo poco que había comido -Has cometido un gran error al venir aquí, cazador...- masculló la bestia mientras se acercaba a él de forma amenazante.
-Bastardo- tosió de nuevo -Al final me vas a obligar a hacerle caso a la chica...- se dijo mientras se ponía en pie, recordando las palabras de Bella.
-¿La chica...?- la bestia frunció el ceño y se lanzó de nuevo contra el cazador. Robert recogió a tiempo una flecha y la preparó, disparó y dio en el blanco. La flecha se clavó en la dura piel de la bestia pero ésta ignoró el dolor de forma vehemente, aferrando a Robert de las vestiduras y estrellándolo contra la pared -¿¡Qué chica!?- rugió de forma salvaje.
-Agh...- tosió el hombre, sintiendo el demoledor calambre en su espalda. Realmente le costaba ver con claridad.
-Tú...- la bestia le olfateó lentamente, y progresivamente, su forma de olerle se volvió más intensa y veloz. Se estaba excitando a la par que violentando -Este aroma... Este olor... ¡¿Cómo se llama la chica!?-
-Se... Se llama...-
-¡Dilo y te dejaré vivir!- ordenó la bestia.
-Se llama... "Bajada de guardia"- dijo de pronto, con otra flecha en la mano que había cogido previamente. Sin espacio ni tiempo para usar el arco, utilizó la flecha como un simple cuchillo y apuñaló en el ojo a la bestia. El monstruo se encogió, rugió como una tormenta y arrojó a Robert violentamente contra unos escombros que terminaron de destrozarle por completo la ropa y el cuerpo. Al menos y pese a estar al borde de la inconsciencia, había ganado tiempo para huir. Pese a haber recibido solo un par de golpes, la fuerza de ese monstruo era inconmensurable y le superaba con creces. Ahora estaba cegada y el tiempo en que estuviera ocupada se volvió de oro. Con poco más que el arco y un par de flechas guardadas, salió corriendo del lugar bajo el amparo de las ya titilantes estrellas que aparecían poco a poco en el cielo, con los doloridos rugidos de la bestia como telón de fondo.
-¿¡Dónde está!? ¡Di su nombre! ¿¡Dónde te has metido, malnacido!? ¡La encontraré! ¿¡Me oyes!? ¡LA ENCONTRARÉ!- rugió hasta desgañitarse mientras Robert corría o al menos lo intentaba. Dio tumbos entre los árboles hasta salir de la zona poco a poco. Se dejó caer para retozar entre tierra y hierba para intentar compensar su olor corporal y el hedor de la sangre que le salían por los diversos cortes y heridas en caso de que ese monstruo le siguiese. Volver a pie le tomaría un par de días, de modo que sabía que debía encontrar una forma de regresar lo más rápido posible. Necesitaba hablar con Bella y decirle lo que había pasado, pues parecía que ese ser tenía mucho interés en ella...

martes, 10 de diciembre de 2019

Nora

Aquella situación no podía pintar más extraña e incómoda. Un par de veces, la muchacha se vio tentada de echar mano al teléfono y llamar a la policía. Al fin y al cabo, un extraño acababa de entrar en su casa por la ventana y sin permiso. Bastarían un par de palabras y una explicación sencilla de lo acontecido para que aquel hombre pasase una noche en el calabozo. Pero había algo que no la dejaba hacerlo, una conexión de la que habría deseado desprenderse en algún momento y que todavía no lo había conseguido. 
Tragó saliva, meditando las posibilidades. Miró a sus libros, desordenados, y después al hombre. No. Realmente tenía muy pocas opciones entre las que elegir. —Oye, mira. Me da igual quien fueses ¿De acuerdo? Ahora importa más bien poco —suspiró, cruzándose de brazos. —Incluso te recomiendo que dejes atrás la persona que fuiste una vez. Te hará bien, créeme. 
—¿Que niegue ser quien soy? Pero ¿De donde sacas esas conclusiones? —preguntó el hombre, ligeramente airado. Ésta vez fue él quien se cruzó de brazos, componiendo una mirada que retaba incluso al alma más débil. Sin embargo, cualquier tensión que se crease en el ambiente en aquel mismo instante, desapareció tras el sonido que profirieron unos golpes en la puerta de la entrada.
—Oh, no— dijo la chica, sabedora de la persona que se encontraba al otro lado.
—¿Señorita Allard? ¿Está usted bien? He oído unos golpes y un grito —anunció una voz anciana, que poco tardó en volver a aporrear la puerta con la poca fuerza que le quedase en el brazo. 
—Mierda, mierda.
—¿Señorita Allard? ¿Llamo a la policía? —insistió.
—¡No, no! ¡Un momento!— se apresuró la chica, componiendo la voz más tranquila que su cuerpo nervioso pudo proferir en aquel momento. —Tú, mantente callado— susurró al instante, señalando al hombre.
—¿Qué? ¿Por qué?— preguntó curioso en un tono de voz más alto de lo que Nora hubiese deseado.
—Hazme caso, maldita sea— terminó por decir, para acabar encaminándose hacia la puerta, la cual se encontraba tras el sofá y junto a una pila de libros mal construida. Abrirla fue complicado, puesto que se encontraba cerrada a cal y canto con numerosos tipos de cerradura que se resistieron a las manos temblorosas de la muchacha. Para cuando pudo abrir un poco la puerta, la mujer que la esperaba parecía más bien impaciente. —Señora Bisset ¿Qué puedo hacer por usted? —sonrió falsamente.
— Niña ¿Está todo bien? He oído golpes desde arriba— volvió a decir. 
—De maravilla, no se preocupe. Adiós —respondió con velocidad. Sin embargo, para su disgusto, la mujer no tardó en fijarse en el hombre con el que ahora Nora compartía estancia. Se había acercado lo suficiente a la escena como para que la anciana reparase en él a pesar de su poca visión.
—¿Y ese joven? 
—Es un amigo, señora Bisset. No se preocupe.
—De muy buen ver, si señor. Me alegro por ti querida.
—Se está confundiendo.
—Sí, sí. Ya me voy, ya me voy —se marcho sonriente la mujer, comenzando a subir los escalones que conducían a su casa de forma torpe. Nora cerró la puerta con lentitud y bochorno. El día estaba yendo de mal en peor.
—¿Esa era tu abuelita? —preguntó el Cazador curioso. Olvidaba que apenas entendía el francés. La chica volvió a suspirar.
—¿Quieres un té?

La tetera comenzó a emitir un pitido sonoro y anunciador. Las tazas ya estaban preparadas, de forma que la chica no tardó en verter el agua caliente y la mezcla de hiervas en sus respectivas bolsitas. Antes de regresar al salón, abrió un pequeño armario ubicado sobre la nevera y extrajo una pequeña caja de pastas, la cual incorporó a la bandeja que ya tenía previamente preparada. Si el té no solucionaba la situación, nada iba a hacerlo ya.
Cuando volvió, se encontró al Cazador, o a Robin, husmeando entre sus libros. En el corto periodo de tiempo en el que Nora se había ausentado para preparar el tentempié, el hombre había tomado un considerable número de libros. Los estaba ojeando con un interés preocupante, dado que cuando acaba con uno de ellos, lo dejaba en el sofá, en la mesita auxiliar e incluso sobre el suelo, sin ningún tipo de cuidado. —¿Podrías tener más cuidado, por favor? Me ha costado mucho esfuerzo conseguirlos —gruñó, dejando la bandeja con el té y las pastas sobre la mesita. Aquellas palabras, al menos, fueron suficientes para que el hombre tomase asiento en el sofá y se adjudicase una taza de té.
—En Reino Unido tomáis té a estas horas ¿No es así? —. El hombre pareció no entender la pregunta. —Has dicho que eres Robin ¿No?
—Claro que sí. Soy Robin, el Cazador y... bueno. Ya sabes qué más —se rascó la nuca visiblemente incómodo. —Lo que no es cierto es la mitad de todo lo que pone en esos... libros —señaló.
—Estas muy perdido ¿Verdad? —le preguntó, mirándole con lástima.
—¿Y tú no? Esto es una locura. No sabemos qué ha pasado exactamente, o al menos yo no lo sé. De repente un día abro los ojos y... todo lo que conocía ya no está —murmuró. Nora emitió un suspiro largo al observar aquella escena. No... echar a ese hombre era imposible. No iba a hacerlo de ninguna manera.
—¿Aún no sabes qué es lo que pasa? ¿No has... investigado nada? —preguntó en voz baja y con tranquilidad.
—¿Qué es lo que tengo que saber? Esto es un maleficio. Alguien, con algún tipo de magia oscura, nos ha llevado a otra parte. Es como nuestro mundo, pero sin serlo —explicó. 
—Te equivocas. Es nuestro mundo —esclareció. —Sólo que en otro momento muy adelantado al nuestro. Nosotros siempre hemos estado ahí —señaló con el dedo hacia la estantería, donde aguardaban decenas y decenas de libros. La mayoría, cuentos, leyendas y mitos. —Los personajes que aparecen ahí no son otros que nosotros mismos, desde la perspectiva de alguien que nos conoció una vez, o que oyó hablar de nosotros. Es el boca a boca de lo que quedó antes de que nos marchásemos —continuó.
—¿Estás hablando en serio?
—Desde que aparecí en París, en éste París, no he hecho otra cosa que investigar y estudiar. Esa es mi teoría y creo que es la más ajustada a mas realidad que vas a poder encontrar. 
—¿Y cómo ha podido ocurrir tal cosa?— preguntó con sumo interés, dejando la taza de té sobre la mesa —Hay que solucionarlo. No puedo vivir durante más tiempo en esta realidad. Yo no estoy hecho para esto. Lo entiendes ¿Verdad? —preguntó, clavando sus ojos en los de la chica. Ésta, abrió la boca para responder, pero se arrepintió antes de emitir sonido alguno. Había cosas que prefería callar de momento, cosas que no le convenía decir en absoluto. —Además, ¿Donde están los demás? Este mundo parece más grande de lo que lo recordaba. 
—No lo sé —respondió rápidamente.
—¿Aún no te has topado con nadie? Míranos, estamos aquí, tú y yo. Debe haber más gente como nosotros por ahí, tanto o más perdidas que nosotros mismos. A saber que ha sido de ellos— suspiró —Fue muy difícil para mí acostumbrarme a esto, así que no me quiero imaginar que ha podido ser del resto. ¿Cómo estarán llevando la situación? ¿Se habrán adaptado? Como digo, esto es demencial —terminó por decir, acariciándose los cabellos oscuros y peinándolos un poco hacia atrás. Sus patillas ya lucían algunas canas, así como su barba. Ahora que lo miraba con atención, Nora pudo comprender que apenas había cambiado después de tantos años. 
—Sí que eres Robin Hood ¿Eh? —sonrió. —Pensando siempre en los desfavorecidos.
—¿Eso se cuenta de mi? —sonrió con cierto orgullo. 
—Entre algunas otras cosas —asintió, poniéndose en pie justo antes de descalzarse. Llevaba todo el día vistiendo zapatos de tacón, de forma que los pies ya estaban resentidos. Sentir el contacto con el suelo a través de la tela de las medias fue un alivio. Comenzó a pasearse frente al sofá, junto a las estanterías de libros. Tenía que admitirlo: charlar no estaba siendo tan malo como lo había imaginado aquel medio día en la oficina. Lo cierto era que, hablar por fin con alguien que la comprendía, era reparador. Sin embargo, temía que la conversación llegase a más. Era una sensación extraña. Una mezcla entre el deseo de mantener el contacto con el pasado y el deseo de cortar los lazos con éste para siempre.
—Tú... Nora... ¿Te adaptase bien? 
—Oh, sí —comenzó a explicar. —Durante tres días analicé la situación hasta que pude mantener el control. Investigué como funcionaba ahora la sociedad y comencé a comportarme como ahora lo hacen las personas. Estudié, me formé y ahora trabajo en el periódico. Al parecer el proceso fue un poco extraño, puesto que una persona media tarda en formarse, desde la niñez, algo así como unos quince años... y yo lo hice todo en cinco y con buenos resultados —se enorgulleció. —Después alquilé este apartamento para mí sola, después de estar viviendo en un centro para jóvenes... y ahora me estoy planteando adoptar a una mascota, aunque estoy segura de que el casero no me lo va a permitir. Me he leído las normas de la comunidad. Son muy enrevesadas —informó.
—Vaya... —comentó Robin, impresionado. —Sí que te has labrado una identidad aquí. ¿Como lo has conseguido? A mi para casi todo me piden una identidad o yo que sé qué. No entiendo de qué va.
—Ah, claro. Yo contacté con una mafia, un grupo criminal, para obtener una identidad ficticia.
—¡¿Que qué?! —preguntó alterado, atragantándose con parte del té. —¿Pero como has hecho eso? Si algo he aprendido en estos años es que los criminales de este mundo son peores de lo que recordaba.
—Ya no soy la niña que conociste en el bosque, Cazador— comentó con seriedad. —Además, eso es una historia muy larga.
—Tienes razón, nos estamos desviando del asunto —recordó el hombre, sacando un paquete de tabaco del bolsillo de su pantalón y extrayendo de la cajetilla un cigarrillo, el cual se propuso encender sin previo aviso.
—¡Eh! ¡Aquí no se puede fumar! ¿Quieres que mis libros apesten a esa porquería? —le reprendió Nora, permitiendo que él mismo dejase el cigarrillo. No le apetecía nada acercar la mano a su rostro. —¿Como has podido engancharte a eso? Es muchísimo peor que la pipa de hiervas que recuerdas. Incluso provocan enfermedades serias, lo he estudiado.
—Pero... ¿Tú cuanto has estudiado?
—Mucho, me gusta hacerlo —le respondió sin más, un poco ofendida, cruzándose de brazos. El Cazador alzó los suyos en señal defensiva, guardando el cigarrillo en el bolsillo, resignado. —Ahora te agradecería que terminarás el té y que, cuando quieras salir, lo hagas por la puerta y no por la ventana.
—Está bien, está bien. No te molestaré más y me iré. Pero antes quiero que respondas a mis preguntas —insistió. —¿Por qué esa bestia es tan peligrosa? ¿Por qué huyes cuando hay que hablar de lo que ha ocurrido? Tenemos demasiadas cosas en común como para evitarnos —la interrogó.
—Yo no tengo nada de lo que hablar.
—Oh, me parece que sí, muchacha. Está claro que evades responder a mis preguntas. Lo que quiero, Nora, es hacer el bien. Si hay una bestia conviviendo con nosotros, la cazo. Y si hay una solución para esta situación, la busco.
—Ya te dije que no es buena idea ir a por esa bestia.
—¿Por qué?
—Porque yo la conozco ¿De acuerdo? —confesó. —Es cruel y despiadada. Ha hecho cosas horribles durante muchos años, cosas que no llegarías a imaginar. No le deseo a nadie, ni a mi peor enemigo, encontrarse con él. Si está encerrado en La Mothe-Chandeniers, es mejor para todos que siga quedándose allí.
—¿Y no ha causado ningún problema en todo este tiempo? —preguntó extrañado.
—Ha provocado... algunas desapariciones, o eso tengo entendido. Pero es listo, ha sabido elegir a su presa: animales y vagabundos.
—Razón de más para cazar a esa cosa.
—¡No! ¡Déjale en paz! Ya te he dicho que lo mejor para ti es que alejes de la persona que eres ahora, aquella persona que fuiste una vez. No sigas el camino que seguías antes, reinvéntate, adáptate. Dedícate a otra cosa. Vive esta oportunidad que la vida te ha presentado —perseveró Nora con cierto aire desesperado, sobre todo, porque el hombre se puso en pie. No podía dejarle marchar con esas ideas en la cabeza.
—No pienso dejar de ser quien soy. Voy a cazar a esa bestia y a averiguar como devolvernos a nuestro hogar, a nuestra realidad —alegó obstinado.
—No, no, no. —bufó. —Escúchame. No es buena idea ¿Vale? Quizá no lo sepas, pero el cambio que hemos tenido ha provocado consecuencias en nosotros, consecuencias que puede que sean irreparables —se acercó a él, manteniendo prudentemente las distancias.
—¿Nosotros? No puedes estar hablando sólo de mi... —sonrió con picardía. La había pillado.

Nora contuvo el aliento durante unos segundos, viendo como todas las barreras que construía frente a aquel hombre iban siendo derribadas una a una sin la mayor de las dificultades por su parte. Resignada, acudió al perchero tras la puerta principal. Echó la mano al bolso, aún sucio, y extrajo el cuaderno destrozado de su interior. Lo dejo sobre la mesa donde reposaban las tazas de té, cada vez más templadas. —Está bien. ¿Quieres respuestas claras? Aquí las tienes —señaló.
—Oye, siento lo del cuaderno, ya te lo dije.
—No es el cuaderno lo que me importa, sino lo que hay dentro —lo abrió, sentándose de nuevo en el sofá. Robin se acercó tanto que la chica se puso temerosa. —¿Ves esto? ¿Ves todos estos nombres? —señaló uno por uno. Cada página contenía un nombre, una dirección y una descripción. La mayoría de las letras estaban emborronadas y algunas páginas estaban rotas, pero había anotaciones aún legibles. —Son personas como nosotros, personas que aparecieron el mismo día, a la misma hora, en esta realidad como la llamas. Todas ellas en un lugar del mundo, todas en la ubicación exacta en la que antes habitaban, solo que en otro espacio-tiempo distinto —explicó. —No están todas, por supuesto. Sólo he encontrado a unas cuantas durante estos cinco años tras un exhaustivo trabajo de investigación. Ahora, gracias a mi puesto de periodista, estaba avanzando. Internet también es útil ¿Sabes? Sobre todo porque tengo acceso a noticias de apariciones de personas sin identificación, perdidas y con claros signos de desorientación, y con las redes sociales, puedo incluso averiguar cómo le va la vida a aquellos que se han adaptado mejor. Sin embargo, no he entablado conversación con ninguno de ellos. Ni si quiera he ido a buscarles. No quiero interferir en lo que podría ser una oportunidad para ellos.
—¿Oportunidad? ¿De qué hablas? ¿Y que es eso de las consecuencias del cambio? Yo estoy perfectamente.
—Puede que tú no, pero por lo que he podido averiguar, muchos de nosotros hemos tenido problemas... psicológicos. Se supone que no es raro, que un cambio tan importante deja secuelas. Pero en algunos ha sido...
—¿Qué secuelas tienes tú?
—Hafefobia —confesó, mirándole a los ojos.
—¿Hafequé?
—Hafefobia. Es un miedo irracional a entrar en contacto físico con alguien. No me gusta que me toquen y no soporto sentir el tacto de nadie. Me aterra —. Al decir aquello, el Cazador se apartó un poco de su lado. —Y Rapunzel... —al pronunciar ese nombre, a Nora le brillaron los ojos. —Quizá no sepas quien era. Era mi amiga, una princesa de lo que ahora conoces como Alemania. Pero... para ella el cambio ha sido un infierno. Dicen los médicos que puede que nunca llegue a ser quien era antes.
—¿Y no te parece esa razón de más para devolver las cosas al punto en el que estaban? —gruñó.
—¡Claro que no! ¡¿Y si las consecuencias son aún peores?! ¡¿Y si a todos nos acaba pasando lo que le ha ocurrido a ella?!
—¿Y si no? ¿Y si se arreglan? —preguntó el hombre con seguridad. Nora le apartó la mirada.
—Yo... yo no quiero volver. No pienso volver. ¿De acuerdo? No voy a ayudarte a perder lo que ahora tengo y a arriesgarme a que todo vaya a peor.
—Pues yo necesito volver.
—Pues entonces tú y yo no tenemos nada que ver —se cruzó de brazos, no sin antes apartar el cuaderno de la mesa. No iba a dejar que se lo llevase, si es que esa era su intención.
—Nos reunimos, después de tanto tiempo, dos personas con el mismo pasado y... ¿Vamos a perder la oportunidad de aliarnos? —preguntó incrédulo. Ella no respondió. —¿Y si consiguiera devolver a nuestro hogar sólo a quien quisiese hacerlo?
—No es posible.
—¿Por qué? — Nora se quedó sin palabras. La verdad es que no sabía responder a una pregunta tan difícil. —Piénsalo. Quizás es posible. Quizás podamos encontrar una solución que nos beneficie a los dos.
—Suena a mágico. Y aquí la magia ya no existe.
—Sin embargo, estamos aquí —sonrió. —¿Me ayudarías si eso fuese posible? —añadió, poniéndose nuevamente en pie.
—No pienso meterme en ningún problema. Mi vida va muy bien como para estropearla.
—Entonces, buscaré la forma de que cambies de opinión —terminó por decir, dejando la taza sobre la mesa y encaminándose hacia la puerta como un vendaval. Aquello no le dio buena espina a la chica.
—¿A donde vas?
—A resolver mis propios asuntos.
—Pero... ¿Si quiera tienes un sitio para dormir o algo? ¿Desde donde diantres has venido? —dijo, aproximándose a su posición.
—No te preocupes por eso. A más ver —se despidió, abriendo la puerta y cruzando el umbral. —Ah, por cierto, aquí me llamo Robert. La gente se reía cuando decía que le llamaba Robin Hood —bufó. —Y si tu nombre aquí es Nora ¿Como te llamas antes? Aquel día, en el bosque, nunca llegué a preguntártelo. Ya sabes... —comentó con apuro. Cada vez que hablaba de aquel día, parecía triste.

La chica se quedó callada. Nunca antes le había dicho su nombre real a nadie, no en aquella época. Hacía tanto que no lo usaba, que le resultaba extraña la idea de pronunciarlo. Temió que sus palabras le trajesen malos recuerdos. Pero, al fin y al cabo... un nombre solo es un nombre. —Bella. Me llamo Bella.



Robert


El hombre se quedó quieto como una estatua ante la huida desesperada de la muchacha, como si le fuese la vida en ello. Se hubiese mentido a sí mismo si hubiese dicho que aquella situación no le trajo viejos recuerdos del ayer, sobre todo de noches en las que apenas él se podía reconocer a sí mismo. De todas formas, aquella parálisis momentanea no le suponía ningún tipo de problema a Robert, dado que tenía más de un as bajo la manga para encontrar a personas con las que había tenido un ligero instante de cercanía. Debido a que había estado un breve instante hablando con la chica y que su particular perfume impregnaba el despacho, por no llamarlo habitáculo, sabía que podría seguirla sin ningún problema por mucho que corriese.

El hombre apareció por el vestíbulo con las manos en los bolsillos cuando ya hacía unos momentos que su anfitriona se había marchado, captando la mirada de sus compañeros trabajadores.
-¿Monsieur?- preguntó Louise -¿Señor?- Robert la miró a la segunda llamada -¿Bien, todo?-
-Oh, sí, bien- sonrió él de forma tensa dejando atrás el vestíbulo y saliendo al exterior. El rastro de la chica era como un hilo azul en mitad de un oleaje arenoso y marrón. Era fácil que la polución y el sinfín de aromas que inundaban la ciudad pudiera distraer los sentidos del cazador, pero si se afinaba un poco podía verla tan claro como a sus propias manos -Bueno... Vamos allá- carraspeó el hombre y se dispuso a caminar.

Giró esquinas, atravesó calles enteras a un paso rápido, esquivaba gente... Por lo general, Robert casi se sentía en un día más de su vida en el que nada especial estaba sucediendo, de no ser porque de hecho, era especial. Mientras deambulaba por la bella pero ajetreada París, no hacía más que darle vueltas al hecho de que por fin había encontrado a otra persona como él, a otro miembro del "otro mundo", del suyo, de su hogar. Tenía la esperanza ya no solo de que ella pudiera guiarle de forma rápida y certera hacia el lugar en el que habitaba la bestia, sino en que pudiera tener algún tipo de información o pudiera ofrecerle al menos algún tipo de ayuda en volver a casa. Añoraba Sherwood, añoraba el reino de Nottingham y añoraba a sus viejos compañeros de profesión... ¿Qué sería de ellos? Era una pregunta que trataba de ignorar diariamente. El simple hecho de recordarles, dolía. No porque hubiesen muerto, al menos que él supiera, sino por la sencilla razón de que tal y como él apareció en las buenas tierras de Alemania o al menos así le decían que se llamaba aquella tierra desde la que había ido a París, ellos podrían estar en cualquier rincón del ancho mundo. Mundo que, por lo que había estado comprobando, parecía mucho más grande de lo que era el suyo ¿Qué clase de magia había sido capaz de crear distorsión semejante? Profundizar en sus recuerdos le hacía sentir especialmente incómodo con esa ropa que vestía, le irritaba aún más si cabía el estruendo del claxon de los vehículos en la carretera y el apestoso hedor que despedían sus tubos de escape. La gente era extraña, no sabía distinguir a ricos de pobres a simple vista, salvo que fueran excesivamente pobres. Todos llevaban esos trastos llamados móviles con los que se pasaban las horas muertas perdidos en esa pantalla. Sí, aceptaba que era un maravilloso trasto que le había permitido encontrar la pista de la bestia y llegar a París donde había encontrado a su vieja conocida, pero no dejaba de ser una especie de mini tomo mágico que encantaba a las personas y las abducía para someterlos a su voluntad. De hecho, se preguntaba si Su Majestad tendría algo que ver en todo eso...

Por fortuna para Robert, de todas formas, el llegar al límite del hilo del aroma le sacó de su largo paseo de pensamientos retorcidos. Alzó la vista un poco para comprobar que estaba ante un edificio de apartamentos bastante acogedor, por no decir humilde y pequeño. No le cabía duda alguna de que la chica estaba ahí dentro, pues la mezcla de olor a su colonia y al café que le había derramado encima. De forma que se puso manos a la obra, pues aunque su entrada sería poco decorosa de la forma en la que estaba imaginando, sabía que por la puerta no sería bien recibido fácilmente.

Aprovechó un instante de silencio en las calles y de aparente soledad para aferrarse con toda su fuerza a la fachada y de un par de saltos a través de la misma, colarse por la venta. Hizo un poco de ruido al entrar, pero a fin de cuentas lo que esperaba era encontrarse con la chica, no ser un completo furtivo. Aún así, fue más torpe de lo que pensó. Le faltó poco para caer de vuelta a la calle, de la que seguramente no podría regresar a ningún lado si caía de cabeza. Al plantar los pies en el suelo, también, tropezó con una mesita cargada de libros que terminó desperramando por el suelo -Menudo desastre...- suspiró, agachándose para coger los libros que había tirado y devolverlos a su sitio.
-¡AH!- el grito de la chica le sobresaltó, de forma que el intento de recoger los libros fue en vano, pues se le cayeron de nuevo.
-¡Maldita sea, muchacha! Casi me da algo- se llevó una mano al pecho.
-P-pero... pero tú... ¿¡Qué haces en mi casa!?- estalló la joven, a la que afortunadamente no había pillado en una situación poco decorosa, ahora que Robert pensaba en ello.
-Bueno, supongo que como me enseñaron de pequeño, lucho por lograr mis objetivos- sonrió.
-Si allanar moradas ajenas es tu objetivo, a fe que lo has logrado- frunció el ceño la chica -Vete, ahora mismo. Sal de mi casa- ordenó.
-Tienes una buena colección de libros ¿eh?- la ignoró Robert, ojeando la cantidad de libros que tenía repartidos en distintas estanterías. Quizá estaba midiendo mal la embergadura de la casa, pero juraría que tenía más libros que cualquier otra cosa en su hogar. La chica no daba crédito al descaro de su invitado no-invitado -Oh, vamos... No me jodas- cogió uno de ellos, uno no muy grande y con pinta de tener bastante antigüedad -Robin Hood...- sonrió para pasar a carcajearse y enseñarle el libro -Estás de coña ¿A que sí?-
-Vete de una vez, no me obligues a llamar a...- amenazó.
-¿De dónde ha salido esto?- dijo, leyendo una página -¿Quién ha escrito todo esto?- quiso saber, con su voz tornándose poco a poco más y más impaciente, alterándose. La chica podía suponer que ese hombre estaba poco enterado de las cosas del mundo en el que habitaban desde hacía varios años -¿Has sido tú, no? No, tú no estabas cuando esto sucedió... y tampoco fue exactamente así ¿Alguno de los nuestros está escribiendo crónicas de años pasados?- al estar tan interesado en el libro, la joven arqueó una ceja.
-¿Y qué sabes tú de lo que ocurrió en Nottingham? Solo eres un cazador-
-Fui un cazador, fui un ladrón y un superviviente. Esto, jovencita, es un intento sencillo de explicar parte de mi vida- agitó el libro -Bastante parco en detalles, debo decir...-
-¿Tú... eres él?- señaló -¿Tú eres...?-
-Robin Hood- asintió él -Para servirte- sonrió -Siempre y cuando tú me eches una mano con eso de lo que hablábamos antes- soltó el libro de nuevo en la estantería, de donde lo cogió -Así que... Bueno...- suspiró -¿Y si seguimos la conversación por donde la habíamos dejado?- se sentó en el sofá como si el salón fuera suyo, completamente despreocupado, mientras ignoraba que ella le había repetido varias veces que se fuera de su casa. Aquella situación no iba a ser fácil de manejar para la muchacha...

lunes, 9 de diciembre de 2019

Nora

Cruzó la calle airada. Por lo general, su carácter era calmado y tranquilo. En la oficina, sus compañeros de trabajo la reconocían como una mujer tan pasiva y callada, que jamás imaginaban que fuese capaz de dar ningún tipo de problema. Sin embargo, aquel día, sintió ganas de gritar. Hubiese deseado que el café se hubiese derramado en su ropa, e incluso haberla lucido durante todo el día con una enorme mancha oscura de la que manaba un olor dulzón, antes de que hubiese caído por completo sobre su bolso.

Se sentó en el banco de un parque cercano que solía frecuentar en días poco lluviosos y soleados para descansar un poco y comer algo. En vez de sacar la fiambrera en la que había guardado un sándwich vegetal aquella misma mañana, extrajo el cuaderno oscuro que, como sospechaba, se había llevado la peor parte. Lo tomó con dos dedos, y al alzarlo, varias gotas oscuras se desprendieron hasta llegar al suelo. Aquellas gotas de café, bien podrían haber sido lágrimas de frustración. — No, no, no... —se quejó, teniendo que separar las páginas, que unidas entre ellas, ahora empezaban a descomponerse con pocos roces. —Me ha costado cinco años. No puede ser— gimoteó, echando un vistazo concienciado a todas las anotaciones que había en las ahora oscurecidas páginas. La tinta, en alguna de ellas, se extendió tanto que las palabras pasaban a ser borrones. —Maldita sea— terminó por decir. Frustrada, acabó guardando el cuaderno en el bolso y suspiró. Había perdido el apetito.

El día a día en París era bastante ajetreado. Tenía que tener en cuenta muchísimas cosas, casi todas relativas a horarios de transporte, agenda y normas sociales. El trabajo en el periódico no era una excepción. Se había ganado el puesto con un golpe de suerte, le habían dicho. Nadie, nunca, había conseguido una silla en redacción sin mostrar antes una carta de recomendación de algún puesto similar anterior. Ella no tenía ninguno. Al contrario, acababa de terminar sus estudios cuando el redactor jefe de Sant Feuilles no la quiso dejar marchar. Por ello, y por puro instinto de supervivencia, necesitaba mantener el trabajo durante todo el tiempo posible. Demorarse mucho en el descanso, aunque fuese lamentándose por un cuaderno empapado, podría suponer un despido poco deseado, de forma que no le quedó otra que volver a cruzar la calle y regresar a su puesto.

Para su sorpresa, al abrir la puerta y echar la mirada a su derecha, pudo observar que el hombre que había tropezado con ella al entrar estaba allí, esperado. Se había sentado en un pequeño sillón y ojeaba anteriores publicaciones de antiguos journaux. Ya le había parecido, cuando se disculpó con ella, que no hablaba el idioma bien. 
—Nora, ¿Te importaría venir un segundo? S'il vous plait — Louise, la recepcionista, captó su atención. Parecía nerviosa y preocupada aun estado detrás de su mesa, circular, ancha y enorme, llena de flores y fotografías artísticas. Cuando la chica se acercó, comprobó que su compañera no dejaba de mirar al hombre que aguardaba a sus espaldas. —Ese caballero viene buscando información —.
—¿Quien es?— preguntó Nora, extrañada. Las pintas del hombre no le hacían ver como alguien del gremio, y menos aún alguien profesional. Echándole un vistazo de reojo, comprobó que vestía ropas algo gastadas y que su peinado estaba descuidado. Cuando él la miró, fingió seguir prestando atención a Louise. Sin embargo, juraría haber visto algo en él en el último segundo. Algo extrañamente familiar.
—No lo sé, no habla bien francés. Pero ha venido con esto —. Louise extendió su mano, desplazando por la mesa un recorte del journal que Nora reconoció al instante. Aquella columna la había escrito ella. —No le entiendo muy bien. Señala a la fotografía y al nombre que hay a pie de foto. Es el tuyo. —continuó informando. Sin embargo, la chica ya no la estaba escuchando. Un sudor frío comenzó a recorrer su espalda, sin motivo alguno. Se obligó a despejar sus pensamientos. ¿A qué temía? No tenía... por qué significar nada.  —Tú hablabas inglés de forma fluida ¿Verdad? Creo que tu podrías atenderle mejor—. Cuando Nora volvió a girarse, encontró al hombre de pie, mirando a las chicas con seriedad. Supuso que no hacía falta saber idiomas para entender que estaban hablando de él. 
—Está bien. A ver qué es lo que quiere— susurró, despidiéndose de la recepcionista y dirigiéndose, a su pesar y nuevamente, hacia el hombre que había destrozado su cuaderno de anotaciones.  —Bonjour monsieur ¿Puedo hacer algo por usted?— preguntó, esta vez, en el idioma en el que el hombre pudo entenderla.
—Gracias a los cielos, por fin alguien que me entiende por aquí— suspiró. —Estoy buscando a la persona que escribió este artículo ¿Es usted? —preguntó acelerado. Su falta de rodeos le hicieron entender a la chica que, o tenía prisa, o deseaba con demasiado interés la información que buscaba.
—Así es. ¿Es usted de algún periódico extranjero o algo así? ¿Necesita una cita con el redactor jefe? Quizás él podría ayudarle mejor que yo —se excusó, intentando persuadirle de fueran cuales fueran sus intenciones.
—No, no. Sólo soy un cualquiera y no es una pregunta tan complicada la que tengo que hacerle. Sólo necesito saber quien hizo esta fotografía y en qué lugar exactamente —admitió. 
—Caballero, la persona que hizo la fotografía decidió permanecer en el anonimato, de forma que no puedo darle esa información. No puedo violar las leyes. Además, la información que sabemos es la que está reflejada en la columna —insistió, analizándole de arriba abajo. Había algo en el el que...
—Señorita, por favor. Serán solo cinco minutos y no la molestaré más. ¿No podría responder unas cuantas preguntas? Siempre y cuando fuese usted quien recibió la información de primera mano, claro.
—Le digo que lo que hay escrito es cuanto sé. Además, estoy ocupada.
—Le pagaré los daños de su bolso además.
—No quiero dinero —sonrió extrañada. 
—Insisto —. Por el rabillo del ojo, comprobó como todos los trabajadores del periódico que pasaban por la entrada, se quedaban observando la escena, e incluso cuchicheando. Llevaba poco tiempo trabajando en la oficina y hasta entonces nunca nadie había recibido una visita tan extraña. ¿Y si le perjudicaba? ¿Y si... dañaba lo que había más allá?
—Acompáñeme— dijo en voz baja, cediendo. 

Subió por unas escaleras de mármol, bastante anchas y decoradas con una alfombra en tonos verdes que evocaban a la más que cercana navidad. Gracias a aquella alfombra, las pisadas de tacón de la chica no resonaron por todo el edificio, pues caminaba con tanta decisión que podría desconcentrar a cualquiera. A sus espaldas, aquel hombre extraño la seguía, observando todo con suma curiosidad y cierta extrañeza. Por suerte, la oficina no era muy grande. El journal había nacido hacía pocos años, quizá los mismos que Nora llevaba frecuentando París. Su razón no era otra que la de ser independiente, distinto y original. Allí no se trataban temas políticos, ni muchísimo menos económicos. Sólo sucesos sociales, curiosidades y, alguna que otra vez, eventos paranormales. Quizá por eso el director había ubicado la sede en un edificio pequeño y empleado a unos pocos trabajadores. 

Al llegar a su despacho, Nora abrió la puerta y dejó que el hombre entrase, cerrando la puerta a sus espaldas para evitar que los curiosos pudiesen oír la conversación. La habitación era bastante pequeña, más bien un cuartucho, de forma que llamarlo despacho, con un letrero en la puerta, no era más que una pretensión un poco desacertada. Al hombre, en cambio, no pareció impresionarle aquello. —Muy bien. Tome asiento como pueda —le ofreció la chica, que tuvo que esquivar varias cajas apiladas de informes hasta llegar a su silla. —Siento el desorden. No es normal tener visitas —.
—No estaré mucho tiempo, ya se lo he dicho.
—Llámame Nora, por favor. Aquí dentro ya no queda espacio para las formalidades —comentó jocosa mientras encendía la pantalla del ordenador portátil con el que trabajaba. —A ver. ¿Qué es lo que quiere saber exactamente? 
—Ya se lo dije. Información sobre el artículo. He venido por la fotografía desde bastante lejos. Al llegar a París he buscado el periódico y he intentado leerlo y no responde a mis preguntas. Quiero saber, en primer lugar, si ésta fotografía es real. Y si lo es, quiero saber cómo consiguió el fotógrafo zafarse de semejante criatura y salir vivo de aquello— comentó tajante, con una seguridad que daba paso a la preocupación.
—Espere, espere... —. Nora se quitó las gafas, dejándolas sobre la mesa. —¿Esto es... una especie de búsqueda de un aficionado de lo paranormal?
—Aficionado —se carcajeó el hombre, ligeramente ofendido. —Escribiste en esa esquina que la criatura parece salida de un cuento de terror, que nadie más la ha avistado y que por el momento todo parece tratarse de un misterio. ¿Qué fue lo que te dijo el fotógrafo sobre esa bestia?
—Nada concreto. Por los cielos, no es más que una fotografía de una columna de sucesos paranormales. Imagino que sabes como funciona esto. Algunas cosas son mentiras, otras son verdad... Desde que llegó Internet todo eso es muy confuso —excusó la chica, quitándole importancia al asunto.
—Entonces ¿Están publicando ustedes una sarta de mentiras?
—Yo no he querido decir eso.
—Pues es lo que he entendido —se cruzó de brazos. —No quiero hacerte perder el tiempo y yo tampoco tengo demasiado. He viajado hasta aquí sólo para saber dónde esta ese monstruo y nada más. Si aquí no pueden procurarme información iré yo mismo, sin más, a buscarlo —confesó.
—¿Que es lo que quieres hacer exactamente con el monstruo? —preguntó en voz baja, preocupada.
—Cazarlo.

Quizá fue la palabra, o quizás fue su expresión. Sus arrugas marcadas en la frente o su nariz arrugada. Incluso puede que fuese su mirada oscura, fiera y decidida... lo que hizo que los recuerdos se agolpasen en su cabeza todos a la vez. Recuerdos oscuros, de hacía ya muchos años, en un bosque, con un lobo... y un cazador. 
Se echó hacia atrás, arrastrando la silla sobre el suelo. Su mirada perdida quedó clavada en el rostro del hombre que tenía en frente, al que ahora recordaba con todo detalle. Después de tantos años, jamás pensó en volver a verle y menos aún en una situación como aquella, en un mundo como aquel. —¿Cazador? —preguntó atónita, en un hilo de voz. Preguntó sin pensar, sin reflexionar antes si era buena idea identificarle. El hombre, por su parte, compuso un rostro totalmente distinto al que había lucido hasta entonces. Los ojos le brillaron y su expresión perdió tensión.
—¿Quien eres? —preguntó, convencido de que aquel seudónimo solo podía ser conocido por alguien del pasado. Sin embargo, la chica no respondió. Se puso en pie y cerró el portátil. De forma rápida, ordenó los papeles que había desperdigados sobre la mesa, metiéndolos, junto con el anterior, en el bolso sucio. El Cazador se puso en pie a la par. —Eh, ¿Quien eres? Está claro que me conoces y no te recuerdo. 
—Déjalo, por favor— ordenó la chica con seriedad. Definitivamente no podía ser buena idea relacionarse con él.
—¡Eh, eh! ¡Eres la primera persona a la que encuentro en años! Dime al menos quien eres — se empecinó, teniendo que alagar el brazo para agarrar el codo de la chica que amenazaba con marcharse. Y aquello fue como un rayo. Como un calambre. Como un dolor insoportable. Nora retiró el brazo con una violencia y una rapidez poco vistas. Incluso le miró con odio por haberla tocado. Sin embargo, su expresión se relajó rápidamente.
— Tú quizás no te acuerdes. Yo tenía... unos catorce años entonces. Iba vestida de rojo, por uno de los bosques al norte de Francia. Por suerte, aquello quedó en un susto. Nunca llegaste a... hacerme daño —murmuró nerviosa. Empezaba a sentir demasiadas emociones a flor de piel y no le estaba gustando ninguna de ellas. 
—Un momento... ¡Sí! ¡Te recuerdo! ¡Tú eras aquella chica! —comentó extrañamente animado. —No me puedo creer que haya encontrado a alguien aquí, esto si que es una casualidad —comentó. Pero sus palabras no consiguieron frenar a Nora, que se aproximó con rapidez hacia la puerta. —Espera, espera. No te vayas. Estoy buscando a más como nosotros porque tenemos que hablar de lo que ha pasado. Esto es una locura.
—Yo no tengo nada que hablar —comentó tajante, casi ofendida.
—¿Cómo que no?
—Mira, como sea que te llames ahora. Ha sido un placer ¿Vale? Pero no quiero seguir manteniendo esta conversación. No me interesa nada que tenga que ver con como era todo antes —alegó. —Y a esa bestia, déjala en paz —le señaló. —Es demasiado peligrosa. Es demasiado peligrosa incluso para ti —terminó por decir. Finalmente, abrió la puerta y se marchó.

Nora corrió escaleras abajo, y tras excusarse por encontrarse mal, se fue de la oficina. Corrió hacia la parada del autobús de forma que fue un milagro que no tropezara por los adoquines con los zapatos del trabajo. Una vez tomó el transporte, pudo empezar a respirar con ligera tranquilidad de camino a casa. Sin lugar a dudas, después de todos esos años... seguía sin estar preparada para lo que se avecinaba.
Robert

Tronaba. El cielo parecía estar a punto de partirse en dos con cada una de las centellas que surcaban las nubes casi completamente opacadas por el bosque, bañado por el agua torrencial que caía del cielo. El viento provocado por la tormenta mecía de forma violenta las hojas de los mismos mientras los lentos pasos del cazador se enterraban en el terreno fangoso, dejando tras de sí una larga hilera de huellas que delataban su presencia. Igualmente, poco le importaba. Aquel hombre tenía un objetivo, una misión clara. Llevaba en su espalda el carcaj lleno de flechas empapadas de agua y en su mano derecha su fiel arco, preparado para dar muerte a la horrible bestia que había estado siguiendo durante semanas.

El rastro, aquella noche, le llevó a una casita alejada en mitad de la arboleda. La chimenea aún humeaba y la luz tenue de una lámpara de aceite se dejaba ver en una de las ventanas. Todo apuntaba a esa casa, debía de estar ahí dentro, pero el hiriente silencio le hacía pensar todo lo contrario. Silencio solo quebrado por otro relámpago que recortó la silueta de su sombra contra la fachada del acogedor hogar.

Con suma cautela, como le enseñaron desde pequeño, abrió la puerta. La madera hinchada por la humedad se volvió pesada y provocó que los goznes crujieran y chirriaran de forma aberrante, casi como el lamento de un alma en pena. Entonces, comprobó sin sorpresa y consternado el salón que recibía al invitado: todo estaba destrozado. Los pocos muebles que había decorando la estancia estaban derribados, astillados y arrancados. Una alfombra yacía raída, descolocada en un lado contra una pared. Trozos de tela roja y suave esparcidos al igual por el suelo junto a hileras de escalofriantes ríos de sangre. El cazador sacó una flecha del carcaj y la colocó sobre el arco, comenzando a tensar la cuerda poco a poco mientras caminaba con el máximo sigilo del que podía hacer gala. Ahora que estaba dentro de la casita, podía oír unos leves gemidos y gruñidos que provenían de la habitación desde la que se filtraba la suave luz del candil... y allí se dirigió.

Cruzar el umbral fue una de las tareas más difíciles de su vida, pues sabía que estaba a punto de presenciar una carnicería, pero no de qué nivel. Sus ojos se llenaron de agua en cuanto vio a aquel enorme monstruo, aquel lobo negro como la noche, agazapado sobre el cadáver de una niña cubierta con una capa roja destrozada. La pequeña estaba prácticamente abierta en canal mientras la criatura devoraba sus entrañas. Los gruñidos y gemidos que llegaban a oídos del cazador los emitía aquel lobo infernal, disfrutando y degustando las blandas carnes de la niña, cuyos ojos muertos estaban congelados en el tiempo en dirección al cazador.
-¿Red...?- masculló el cazador, en shock -Maldito seas... Maldita alimaña...- cargó la flecha y el quejido de la cuerda hizo que la bestia dejase de disfrutar de su comida para mirar al cazador, echándo sus orejas hacia atrás y mostrando los colmillos empapados en sangre con un rugido digno del mismo diablo -¡Te arrepentirás de haber matado a mi hija, lobo del demonio!- y la flecha voló, silbando, atravesando el espacio en cuestión de...
-Espera, espera- carraspeó un muchacho rubio mientras dejaba el vaso de refresco sobre la mesa -¿Caperucita roja es la hija del cazador?-
-¿No te parece alucinante?- sonrió su compañero, que leía el cuento en la pantalla de un ordenador portátil
-Poco inspirado diría yo- contestó una chica que los acompañaba
-¿Poco inspirado? Es un giro de guión-
-Pero qué giro más malo- bufó la chica de nuevo -A ver, si Caperucita es la hija del Cazador y el Cazador llevaba semanas buscando al lobo ¿A santo de qué manda a su hija sola por el bosque a llevarle comida a la abuelita? Además, si Caperucita es la hija, significa que la abuela o es su madre o es su suegra ¿Le da igual que el lobo se la haya comido? Porque ahí solo señalas a su hija-
-Pero se trata del impacto. Es su hija. Le importa más que su suegra o...-
-Yo que tú volvía a empezar- bostezó su amigo rubio.
-Joder...-
-Tío, no sé qué obsesión has cogido últimamente con escribir sobre lobos. Lo tuyo es la ciencia ficción-
-Me encanta la puñetera criptozoología, lo sabéis- los amigos suspiraron -Y estuve leyendo unos artículos sobre animales extraños y paranormales y adivinad qué- los miraba con ojos brillantes y entusiasmados -Se dice que han avistado a un hombre lobo en Francia, en La Mothe-Chandeniers. Me ha inspirado, ya sabéis. No me sale nada que no sea sobre lobos grandes y horripilantes-
-Será por avistamientos...- comentó aburrido el amigo.
-Pero este es reciente ¡Es increíble! Hay hasta una fotografía-
-Será fake- apuntó la chica mirando su móvil de forma distraida.
-Si lo es, está increiblemente bien hecha. Mirad- buscó en su teléfono personal y les mostró la fotografía a sus amigos. Los rostros de ambos cambiaron al contemplarla, pues realmente parecía ser un monstruo demasiado bien hecho -Si es falsa, está la hostia de bien hecha... ¡Eh!- una mano misteriosa le arrebató el teléfono al muchacho. Un hombre de mediana edad, barba espesa y pelo ralo contempló la fotografía con interés y a su vez, sumo cansancio -¿Qué haces? ¡Devuélveme el móvil!-
-¿Quién ha hecho esta fotografía?- preguntó Robert, el hombre, entregándole el móvil a su legítimo dueño.
-Es de mala educación escuchar conversaciones ajenas- dijo de mala gana el amigo rubio.
-La foto, por favor- insistió Robert.
-Díselo August, a ver si nos deja en paz- insistió el rubio.
-L-la gaceta Sans Feuilles, es francesa-
-Gracias, chico- Robert le dio una palmada en el hombro al muchacho y se dispuso a marchar.
-S-si usted es un entusiasta de lo paranormal o la criptozoología, puedo recomendarle webs y archivos- la puerta, de todas formas, se cerró tras la marcha de Robert.
-¿Estás loco, August?- se quejó el rubio -Tiene pinta de estar pirado ¿Y tú quieres hacerte su amigo?-
-Siempre mola tener colegas de investigación-
-A mí no me importaría que me investigase a fondo- sonrió la muchacha.
-Anna...- la miró el rubio, mientras su novia seguía con la mirada a Robert pasando junto a la ventana de la cafetería.

Más tarde, al llegar a su apartamento, Robert se dirigió hacia la habitación para sacar de debajo de la cama una vieja maleta donde comenzó a cargar los pocos enseres que tenía. Era un hombre que siempre vivía con lo justo, tanto para comer como para vestir. Todo el dinero que conseguía en distintos empleos desde hacía 5 años los empleaba en investigar y triangular avistamientos de criaturas extrañas, en especial relacionadas con lobos o bestias similares. También se había hecho un fondo reservado en una caja metálica que tenía por igual escondida bajo la cama, llena de dinero acumulado, para comprar armas de cacería. Ahora que había una posible pista en Francia, tendría que viajar hasta allí, hacerse con un buen arco y un buen puñado de flechas. Solo de pensarlo, le temblaban las manos. En poco tiempo, ese fajo de billetes sería de nuevo un arco preparado para lanzar una flecha mortífera contra uno de sus objetivos.

Para abaratar costes, Robert planeó viajar en autobús. Se informó para saber que serían unas 10 horas de viaje aproximadamente, quizá algo más. Eso le permitiría reflexionar y descansar sin preocupaciones durante ese tiempo. Pagó el viaje en la estación y se limitó a viajar en silencio, leyendo sobre Sans Feuilles, la gaceta en la que había salido dicha información. No sería difícil de encontrar y, supuso, tampoco sería difícil de concertar una entrevista con la persona a cargo o al menos con la que había escrito dicho artículo para poder confirmar la más mínima sospecha sobre el asunto. De paso, tampoco estaría mal que le dijeran dónde quedaba esas ruinas para poder ir a visitarlas él mismo. De todas formas, en el trayecto, lo único que podía hacer era dormir.

Finalmente, llegó a París. Robert bajó del autobús cargado con su enorme maleta a la espalda y con la misma crujiéndole por la incomodiad del transporte, que había sido de lo más barato que había encontrado. A plena luz del día como era, cerca del mediodía, lo que le quedaba era dirigirse a la revista. Preguntando por la dirección de la misma, supo encontrar a unos dos o tres paisanos que supieron indicarle qué autobús tomar o por qué calle debía dirigirse para, finalmente, encontrarla. Era un edificio "Made in France", no muy alto y con el tejado decorado con tres o cuatro chimeneas que, con el frío invernal, humeaban suavemente. El hombre suspiró a sabiendas de que por fin tras aquel extraño evento que cambió su vida para siempre, podía tener una pista, un hilo del que tirar. Con decisión, agarró el pomo de la puerta y abrió, derramándole el café encima a una chica que salía del interior.
-¡Joder, joder!-
-¡Lo siento!- se apresuró a decir Robert -Lo siento, estaba un poco distraido ¿Te quema? Puedo traerte...-
-¡Mis apuntes!- el café había caido encima del bolso de la chica, no tanto sobre ella. El líquido estaba destrozando un cuadernito lleno de marcadores de páginas.
-Vaya...- el hombre se llevó la mano a la nuca, rascándose -Supongo que no estaría de más que la puerta fuese de cristal- trató de quitar hierro al asunto.
-O que la gente aprendiera a no abrir las puertas como si fuese la policía tratando de sacar a un criminal atrincherado- se quejó ella.
-S-supongo que tiene razón. Lo siento-
-Si me disculpa...- la muchacha salió bufando, airada. Robert la miró marchar, con la colita con la que se recogía el cabello dando tumbos de un lado a otro. No empezaba bien el día, en absoluto...